El abuelo y el nieto

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Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aún algunas veces escapar la baba.

La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo, y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera le llenó de improperios a los que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Le compraron entonces una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.

– “¿Qué haces?”, preguntó su padre.

– “Una tartera, contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.”

El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo a la mesa; y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.

Hermanos Grimm

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Sin Saber. Sin Sentido.

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Una vez, hace mucho, mucho tiempo, vivió en Arabia un viejo hombre sabio. Viajaba solo, sin nadie con quien hablar y dondequiera que iba la gente de daba comida para su viaje y, a veces, también pedazos de tela con qué emparchar su manto. A su vez, él les contaba historias o les daba consejos.

Un día, mientras estaba sentado junto al camino, se le acercó un hombre que se quedó a su lado.

– “Te saludo, hijo mío. ¿Tienes hambre? Ven, comparte estos dátiles conmigo.”

– “Bendiciones sobre tí, Maestro”, dijo el hombre Simple. “No tengo hogar, ni seres queridos en el mundo. ¿Puedo ir contigo en tus viajes?”

– “No tengo nada que ofrecer, hijo mío”, replicó el viejo, “pero puedes venir conmigo y permanecer a mi lado tanto como lo desees.”

Por un tiempo, anduvieron contentos juntos y, viendo al hombre Simple junto al hombre Sabio, los aldeanos también le daban a él de comer, así viajaban de un lugar a otro.

Un día, el hombre Simple tomó un pedazo de madera que había en el camino y le dijo al anciano:

– “Maestro, aquí hay un pedazo de madera que puedes tallar. A menudo te he visto trabajar con ese cuchillo muy agudo que tienes. ¿Qué puedes hacer con este pedazo de madera?.”

Y el hombre Sabio respondió:

– “Por favor, hijo mío, no me preguntes qué voy a hacer, algo me será sugerido.”

Los días pasaron y lentamente el fragmento de madera se hacía más y más pequeño mientras ellos proseguían su camino y toda la gente que encontraban, preguntaba:

– “¿Qué estás tallando en ese pedazo de madera, anciano?.”

Y el viejo les daba siempre la misma respuesta:

– “Algo será sugerido.”

Era ahora un pedacito muy pequeño de madera, hermosamente tallado y un poco más grande que un dátil.

– “Maestro”, venturó el hombre Simple un día, cuando ellos estaban sentados sorbiendo un dorado café dulce, “pronto no quedará nada del pedazo de madera que estás tallando. ¿Qué estás haciendo?.”

– “Paciencia, hijo mío, algo será sugerido”, dijo el hombre Sabio con una sonrisa.

En ese momento una pobre mujer, que tenía un niño lloroso en sus brazos y una cesta de frutas sobre su cabeza, pasó camino del mercado. El día era caluroso, el camino polvoriento y la infortunada mujer ya casi no resistía los gritos del niño.

En el momento en que pasaba, empapada su frente de sudor, el hombre Sabio estiró la mano y la detuvo:

– “Espera un segundo, hermana”, le dijo. “Creo que tengo algo para tí, aquí.”

Y puso de pronto la pieza de madera tallada del tamaño de un dátil, dentro de la boca del niño.

Este paró de llorar y comenzó a chupar contento.

– “Ves, hijo mío”, dijo el hombre Sabio, mientras la mujer proseguía su camino. “Sin saberlo yo mismo, he estado haciendo un chupete para este pequeño.”

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