EL TELEVISOR ( Oración de un niño )

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Mientras oraba antes de acostarse, un niño pidió con devoción:

– “Señor, esta noche te pido algo especial: conviérteme en un televisor. Quisiera ocupar su lugar. Quisiera vivir lo que vive la tele de mi casa. Es decir, tener un cuarto especial para mí y reunir a todos los miembros de la familia a mi alrededor.”

– “Ser tomado en serio cuando hablo. Convertirme en el centro de atención, y ser aquel al que todos quieren escuchar sin interrumpirlo ni cuestionarlo. Quisiera sentir el cuidado especial que recibe la tele cuando algo no funciona.”

– “Y tener la compañía de mi papá cuando llegue a casa, aunque esté cansado del trabajo. Y que mi mamá me busque cuando esté sola y aburrida, en vez de ignorarme. Y que mis hermanos se peleen por estar conmigo.”

– “Y que pueda divertirlos a todos, aunque a veces no les diga nada. Quisiera vivir la sensación de que lo dejen todo por pasar unos momentos a mi lado.”

– “Señor, no te pido mucho. Sólo vivir lo que vive cualquier televisor“

Del libro “La culpa es de la vaca”
Jaime Lopera – Marta Inés Beltrán
Intermedio Editores

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La parte mas importante del cuerpo es….

amistad
Un día mi madre me preguntó: “¿Cuál es la parte más importante del cuerpo?”.  A través de los años trataría de buscar la respuesta correcta. Cuando era más joven, pensé que el sonido era muy importante para nosotros, por eso dije: “Mis oídos, mamá”. Ella dijo: “no, muchas personas son sordas y se arreglan perfectamente. Pero sigue pensando, te preguntaré de nuevo.”
Varios años pasaron antes de que ella lo hiciera. Desde aquella primera vez, yo había creído encontrar la respuesta correcta. Y es así que le dije: ”Mamá, la vista es muy importante para todos, entonces deben ser nuestros ojos. “Ella me miró y me dijo: ”Estás aprendiendo rápidamente, pero la respuesta no es correcta porque hay muchas personas que son ciegas, y salen adelante aún sin sus ojos”. Continué pensando… ¿cuál era la solución?.
A través de los años, mi madre me preguntó un par de veces más, y ante mis respuestas la suya era: “No, pero estás poniéndote más inteligente con los años, pronto acertarás”.
Hace algunos años mi abuelo murió. Todos estábamos dolidos. Lloramos. Incluso mi padre lloró. Recuerdo esto sobre todo porque fue la segunda vez que lo vi llorar. Mi madre me miraba cuando fue el momento de dar el adiós final al abuelo. Entonces me preguntó: “¿No sabes todavía cuál es la parte más importante del cuerpo, hijo?”. Me asusté cuando me preguntó justo en ese momento. Yo siempre había creído que ese era un juego entre ella y yo. Pero ella vio la confusión en mi cara y me dijo: ”Esta pregunta es muy importante. Para cada respuesta que me diste en el pasado te dije que estabas equivocado y te he dicho por qué. Pero hoy es el día en que necesitas saberlo”.
Ella me miraba como sólo una madre puede hacerlo. Vi sus ojos llenos de lágrimas, y la abracé. Fue entonces cuando apoyada en mí, me dijo: ”Hijo, la parte del cuerpo más importante es tu hombro”.
Le pregunté: “¿Es porque sostiene mi cabeza?”
Y ella respondió: “No, es porque puede sostener la cabeza de un ser amado o de un amigo cuando llora. Todos necesitamos un hombro para llorar algún día en la vida, hijo mío. Yo sólo espero que tengas amor y amigos y así siempre tendrás un hombro donde llorar cuando lo necesites, como yo ahora necesito el tuyo.”

Quizás solo sea un cuento. O no.

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Mis abuelos ya estaban casados hacía mas de cincuenta años y continuaban jugando al juego que habían iniciado cuando comenzaron su noviazgo. La regla del juego era que uno tenía que escribir la palabra NTOCYTA en un lugar inesperado para que el otro la encuentre, y así quien la encontrase debería escribirla en otro lugar y así sucesivamente.

 

Ellos se alternaban dejando NTOCYTA escrita por toda la casa, y así que cuando uno la encontraba, era su momento de esconderla en otro lugar para que el otro la encuentre. Ellos escribían NTOCYTA con los dedos en el azúcar dentro del azucarero, o en el pote de harina para que el próximo que fuera a cocinar la encuentrase. Escribían en la ventana empañada por lo sereno que daba para el patio donde mi abuela nos daba torta que ella hacia con tanto cariño. NTOCYTA era escrita en el vapor dejado en el espejo después de un baño caliente, donde la palabra iría a aparecer después del próximo baño. Una vez, mi abuela hasta desenrolló un rollo entero de papel higiénico para dejar NTOCYTA en la última hoja y enrolló todo de nuevo. No había limites para donde NTOCYTA pudiera surgir. Pedacitos de papel con NTOCYTA garabateado aparecían enrollados al volante del coche que ellos compartían. Los papeles eran metidos dentro de los zapatos y dejados debajo de los almohadones. NTOCYTA era escrita con los dedos en el polvo sobre las estanterías. Esta misteriosa palabra tanto hacia parte de la casa de mis abuelos como del mobiliario.

 

Pasó bastante tiempo para que yo comenzase a entender y gustar completamente de este juego que ellos jugaban. Mi escepticismo nunca me dejó creer en un único y verdadero amor, que pueda ser realmente puro y duradero. Sin embargo, nunca dudé del amor, entre mis abuelos. Este amor era profundo. Era más que un juego de diversión, era un modo de vida. Su relación era basada en devoción y un amor apasionado, que no todo el mundo tiene la suerte de tener. El abuelo y la abuela estaban siempre que podían con sus manos unidas. Se robaban besos uno al otro, siempre que se encontraban en aquella cocina tan chiquita. Ellos conseguían terminar la frase incompleta del otro y todo el día resolvían juntos las palabras cruzadas del diario. Mi abuela me cuchicheaba diciendo cuan bonito era mi abuelo, como él se había vuelto un viejito lindo y amoroso. Antes de cada comida, ellos se reverenciaban y daban gracias a Dios y bendiciones a los presentes por ser una familia maravillosa, para continuar siempre unidos y con buena suerte.

 

Mas una nube oscura surgió en la vida de mis abuelos: mi abuela tenía cáncer de mama. la enfermedad había aparecido hacía diez años. Como siempre, el abuelo estaba con ella a cada momento. El la tranquilizaba en el cuarto amarillo de ellos, que él había pintado de ese color para que ella estuviera siempre rodeada de la luz del sol, mismo cuando ella no tenía fuerzas para salir. El cáncer ahora estaba de nuevo atacando su cuerpo. Con la ayuda de un bastón y la mano firme de mi abuelo, ellos iban a la iglesia todas las mañanas. Y mi abuela fue quedando cada vez más flaca, hasta que, finalmente, ella no pudo salir más de casa. Por algún tiempo, mi abuelo resolvió ir a la iglesia solito, rezando a Dios para cuidar de su esposa.

 

Entonces, lo que todos temíamos sucedió. La abuela partió. NTOCYTA fue grabada en amarillo en las cintas de color rosa de los buqués de flores del funeral de la abuela. Cuando los amigos comenzaron a irse, mis tías, tíos, primos y otras personas de la familia se juntaron y quedaron alrededor de la abuela por ultima vez.  Mi abuelo se quedo junto al cajón de la abuela, y en un suspiro bien profundo, comenzó a cantar para ella. A través de sus lágrimas y pesar, la música surgió como una canción que venía muy de adentro de su ser. Me sentía muy triste, nunca voy a olvidar aquel momento. Porque yo sabia que sin todavía entender completamente la profundidad de aquel amor, yo había tenido el privilegio de testimoniar la belleza sin igual que aquello representaba.

 

 Apuesto que a esta altura usted se estará preguntando: “Pero… ¿qué significa NTOCYTA?”

 

 Nunca Te Olvides Cuanto Yo Te Amo

El niño y las estrellas.

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar; una enorme playa virgen donde tenía una casita donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida.

 

Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.
El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Este le contestó:
– “Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán”.
Dijo entonces el escritor:
-” Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas”.

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó ” para ésta… sí tiene sentido”.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y en la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas.
A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas…

Egoismo.

El Primer Ministro de la Dinastía Tang fue un héroe nacional por su éxito como estadista y como líder militar. Pero a pesar de su fama, poder, y salud, se consideraba un humilde y devoto Budista.

A veces visitaba a su maestro Zen favorito para estudiar con él, y parecía que se llevaban bien. El hecho de ser primer ministro parecía no afectar su relación, que parecía ser la de un venerado profesor y un respetuoso alumno.

 

Un día, durante su visita usual, el Primer Ministro le preguntó al maestro:

– “¿Su Reverencia, qué es el egoísmo de acuerdo al Budismo?”

La cara del maestro se volvió roja, y con una voz condescendiente e insultante, le respondió:

– “¿Qué clase de pregunta estúpida es esa?”

Esta respuesta inesperada impactó tanto al Primer Ministro que se quedó callado y furioso. El maestro Zen sonrió y dijo:

– “ESTO, Su Excelencia, es egoísmo”.

Orgulloso

A las lecciones del maestro Bankéi acudían no sólo estudiantes del Zen sino también personas de toda escuela y estamento. Él nunca citaba los sutra ni se entregaba a disertaciones escolásticas, sino que sus palabras salían directamente de su corazón al corazón de sus oyentes.

Lo vasto de sus auditorios irritó a un sacerdote de la escuela Nichirén, porque los adherentes de ella habían desertado para oír hablar del Zen. El sacerdote, tan centrado en su propio yo, acudió al templo, decidido a sostener un debate con Bankéi.

– “¡Eh, maestro del Zen!”, prorrumpió. “Espera un poco. Los que te respeten podrán hacer caso a lo que tú dices, pero un hombre como yo no te respeta. ¿Puedes lograr que te haga caso?”

– “Ven junto a mí y te mostraré.”, dijo Bankéi

Orgullosamente, se abrió paso el sacerdote entre la multitud para acercarse al maestro. Bankéi sonrió.

– “Ven, ponte a mi izquierda.”

El sacerdote obedeció.

– “No”, dijo Bankéi, “hablaremos mejor si tú estás a mi derecha.”

El sacerdote, orgullosamente, se pasó a la derecha.

– “Ya ves”, observó Bankéi, “me estás haciendo caso, y pienso que eres una persona muy amable. Ahora, siéntate y escucha…”

A medianoche

 

A medianoche, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en

las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol

de los calendarios.

 

Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si

es huérfano el que pierde un padre, si es viudo el que ha perdido la 

esposa, ¿Cómo se llama el que pierde un hijo?, ¿cómo, el que pierde el

tiempo? Y si yo mismo soy el tiempo, ¿cómo he de llamarme, si me

pierdo a mi mismo?

 

El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni spetiembre; el

día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es

durar, abrir los ojos y cerrarlos.

 

A estas horas, todas las noches, para siempre, yo soy el que ha perdido

el día. (Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del

durazno, está subiendo, en el corazón de estas horas, el amanecer).

 

A medianoche (Diario semanario y poemas en prosa, 1961)