En el momento de morir.

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El discípulo fue a visitar al maestro en el lecho de muerte.

– “Déjame en herencia un poco de tu sabiduría”, le pidió.

El sabio abrió la boca y pidió al joven que se la mirara por dentro

– “¿Tengo lengua?”

– “Seguro”, respondió el discípulo.

– “¿Y los dientes, tengo aún dientes?”

– “No”, replicó el discípulo. “No veo los dientes.”

– “¿Y sabes por qué la lengua dura más que los dientes? Porque es flexible. Los dientes, en cambio, se caen antes porque son duros e inflexibles. Así que acabas de aprender lo único que vale la pena aprender.”

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La sabia voz del vacío.

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El lama impartía enseñanzas a los monjes y novicios del monasterio.

Siguiendo la doctrina del Buda, ponía especial énfasis en captar la transitoriedad de todos los fenómenos, así como de aquietarse, retirarse de los pensamientos y, en meditación profunda, percibir en el glorioso vacío interior la voz de la mente iluminada. Mostraba métodos muy antiguos a sus discípulos para que pudieran apartarse del pensamiento y vaciar la mente de inútiles contenidos.

– “Vaciaos, vaciaos”, exhortaba incansablemente a los discípulos. Así un día y otro día, con la misma insistencia que las aguas fluyen en el seno del río o el ocaso sigue al amanecer.

– “Vaciaos, vaciaos.”

Tanto insistiera en ello, que algunos discípulos acudieron a visitar al maestro y le dijeron respetuosamente:

– “Venerable maestro, en absoluto ponemos en duda la validez de tus enseñanzas, pero…”

– “¿Pero?”, preguntó el lama con una sonrisa en los labios.

– “¿Por qué pones tanto énfasis en que nos vaciemos? ¿Acaso, respetado maestro, no acentúas demasiado ese aspecto de la enseñanza?”

– “Me gusta que me cuestionéis”, dijo el lama. “No quiero que aceptéis nada que no sea sometido al escrutinio de vuestra inteligencia primordial.”

– “Ahora debo llevar a cabo sin demora mi práctica meditacional, pero solicito que todos vosotros os reunáis al anochecer conmigo en el santuario. Eso sí, queridos míos, quiero que cada uno de vosotros traiga consigo un vaso lleno de agua.”

Los discípulos disimularon como pudieron su asombro e incluso alguno de ellos se vio obligado a sofocar la risa.

¿Será posible? O sea, que su maestro les pedía algo tan ridículo como que todos ellos fueran al santuario portando un vaso lleno de agua. ¿Se trataría de algún rito especial?

¿Sería una ofrenda que iban a hacer a alguna de las deidades? Fue transcurriendo el día con lenta seguridad.

Los discípulos no dejaban de conjeturar sobre la extraña solicitud del maestro.

Unos aventuraban si no se trataría de una ceremonia especial en honor de la misericordiosa Tara; otros pensaban que tal vez era que el lama les iba a hacer leer durante toda la noche las escrituras y que el agua era para evitar la excesiva sequedad de boca; otros confesaban no tener la menor idea del por qué de la insólita petición del lama.

El sol, anaranjado-oro, se comenzaba a ocultar tras los inmensos picos que se divisaban a lo lejos. Los discípulos tomaron cada uno de ellos un vaso y lo llenaron de agua. Luego, ansiosos por desvelar el misterio, fueron hasta el santuario y se presentaron ante el maestro.

– “Bueno chicos”, dijo el maestro riendo con su excelente humor. “Ahora vais a hacer algo muy simple. Golpead los vasos con cualquier objeto.”

– “Quiero escuchar el sonido, la música capaz de brotar de vuestros vasos.”

Los discípulos golpearon los vasos. De los mismos no brotó más que un feo sonido sordo, desde luego nada musical.

Entonces el maestro ordenó:

– “Ahora, queridos míos, vaciad los vasos y repetid la operación.”

Así lo hicieron los monjes. Vaciados los vasos, golpearon en ellos y surgió un sonido vivo, intenso, musical.

Los discípulos miraron al lama interrogantes. El lama esbozó una sonrisita amorosamente pícara y se limitó a decir:

– “Vaso lleno no suena; mente atiborrada no luce. Os deseo felices sueños.”

Los discípulos, un poco avergonzados, comprendieron al momento.

Nunca habrían de olvidar aquello de “vaso lleno no suena”.

Nunca es demasiado tarde. Nunca.

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El primer día en la universidad, nuestro profesor se presentó y nos pidió que procuráramos llegar a conocer a alguien a quien no conociéramos todavía.

Me puse de pie y miré a mi alrededor, cuando una mano me tocó suavemente el hombro.

Me di la vuelta y me encontré con una viejita arrugada cuya sonrisa le alumbraba todo su ser.

– “Hola, buen mozo. Me llamo Rose. Tengo ochenta y siete años. ¿Te puedo dar un abrazo?”

Me reí y le contesté con entusiasmo:

– “¡Claro que puede!”. Ella me dio un abrazo muy fuerte.

– “¿Porqué está usted en la universidad a una edad tan temprana, tan inocente?”, le pregunté.

Riéndose contestó:

– “Estoy aquí para encontrar un marido rico, casarme, tener unos dos hijos, y luego jubilarme y viajar.”

– “Se lo digo en serio”, le dije. Quería saber qué le había motivado a ella a afrontar ese desafío a su edad.

– “Siempre soñé con tener una educación universitaria y ahora, simplemente la voy a tener”, me dijo.

Después de clases caminamos al edificio de la asociación de estudiantes y compartimos un batido de chocolate.

Nos hicimos amigos enseguida.

Todos los días durante los tres meses siguientes salíamos juntos de la clase y hablábamos sin parar.

Me fascinaba escuchar a esta “máquina del tiempo”.

Ella compartía su sabiduría y experiencia conmigo.

Durante ese año Rose se hizo muy popular en la universidad; hacía amistades a donde iba. Le encantaba vestirse bien y se deleitaba con la atención que recibía de los demás estudiantes. Se lo estaba pasando de maravilla.

Al terminar el semestre, invitamos a Rose a hablar en nuestro banquete de fútbol. No olvidaré nunca lo que ella nos enseñó en esa oportunidad.

Luego de ser presentada, subió al podio. Cuando comenzó a pronunciar el discurso que habia preparado de antemano, se le cayeron al suelo las tarjetas donde tenía los apuntes…

Frustrada y un poco avergonzada se inclinó sobre el micrófono y dijo simplemente:

– “Disculpen que esté tan nerviosa. Dejé de tomar cerveza por cuaresma y ¡este whisky me está matando!. No voy a poder volver a poner mi discurso en orden, así que permítanme simplemente decirles lo que sé.”

Mientras nos reíamos, ella se aclaró la garganta y comenzó:

– “No dejamos de jugar porque estamos viejos; nos ponemos viejos porque dejamos de jugar. Hay sólo cuatro secretos para mantenerse joven, ser feliz y triunfar.

1.- Tenemos que reír y encontrar el buen humor todos los días.

2.- Tenemos que tener un ideal. Cuando perdemos de vista nuestro ideal, comenzamos a morir. ¡Hay tantas personas caminando por ahí que están muertas y ni siquiera lo saben!.

3.- Hay una gran diferencia entre ponerse viejo y madurar. Si ustedes tienen diecinueve años y se quedan en la cama un año entero sin hacer nada productivo se convertirán en personas de veinte años. Si yo tengo ochenta y siete años y me quedo en la cama por un año sin hacer nada tendré ochenta y ocho años.

4.- Todos podemos envejecer. No se requiere talento ni habilidad para ello.

Lo importante es que maduremos encontrando siempre la oportunidad en el cambio. No me arrepiento de nada. Los viejos generalmente no nos arrepentimos de lo que hicimos sino de lo que no hicimos. Los únicos que temen la muerte son los que tienen remordimientos.”

Terminó su discurso cantando ‘La Rosa’. Nos pidió que estudiáramos la letra de la canción y la pusiéramos en práctica en nuestra vida diaria. Rose terminó sus estudios…

Una semana después de la graduación, Rose murió tranquilamente mientras dormía.
Más de dos mil estudiantes universitarios asistieron a las honras fúnebres para rendir tributo a la maravillosa mujer que nos enseñó con su ejemplo, que nunca es demasiado tarde para llegar a ser todo lo que se puede ser.

La estupidez humana.

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Un hombre estaba poniendo flores en la tumba de su esposa, cuando vio a un chino poniendo un plato de arroz en la tumba vecina.

El hombre se dirigió al chino y le preguntó, levemente burlón:

– “Disculpe señor… ¿de verdad cree usted que el difunto vendrá a comer el arroz?”

– “Sí”, respondió el chino, “cuando el suyo venga a oler sus flores…”

¿Es eso la paz?

 

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Había una vez un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.

La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre éstas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos quienes miraron esta pintura pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta.

La segunda pintura también tenía montañas. Pero éstas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico.

Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, el vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido…

El Rey escogió la segunda…

– “Porque”, explicaba el Rey, “paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que, a pesar de estar en medio de todas estas cosas, permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz.”

Dejarme ver el Sol.

 

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Al oír hablar sobre Diógenes, Alejandro Magno quiso conocerlo. Así que un día en que el filósofo estaba acostado tomando el sol, Alejandro se paró ante él.

Diógenes se percató también de la presencia de aquel joven espléndido. Levantó la mano como comprobando que, efectivamente, el sol ya no se proyectaba sobre su cuerpo. Apartó la mano que se encontraba entre su rostro y el del extraño y se quedó mirándolo.

El joven se dio cuenta de que era su turno de hablar y pronunció:

– “Mi nombre es Alejandro El Grande”. Pronunció esto último poniendo cierto énfasis enaltecedor que parecía más bien aprendido.

– “Yo soy Diógenes el perro”

Hay quienes dicen que retó a Alejandro Magno con esta frase, pero es cierto también que en Corinto era conocido como Diógenes el perro. Alejandro Magno era conocido en la polis así como en toda la Magna Grecia.

A Diógenes no parecía importarle quien era, o quizá no lo sabía.

El emperador recuperó el turno:

– “He oído de ti Diógenes, de quienes te llaman perro y de quienes te llaman sabio. Me place que sepas que me encuentro entre los últimos y, aunque no comprenda del todo tu actitud hacia la vida, tu rechazo del hombre virtuoso, del hombre político, tengo que confesar que tu discurso me fascina”.

Diógenes parecía no poner atención en lo que su interlocutor le comunicaba. Más bien comenzaba a mostrarse inquieto. Sus manos buscaban el sol que se colaba por el contorno de la figura de Alejandro Magno y cuando su mano entraba en contacto con el cálido fluir, se quedaba mirándola encantado.

– “Quería demostrarte mi admiración”, dijo el emperador. Y continuó: “Pídeme lo que tú quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombre más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar”.

– “Por supuesto. No seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Querría pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora mismo, mi más grande deseo. No tengo ninguna otra necesidad y también es cierto que solo tú puedes darme esa satisfacción”

Mas tarde Alejandro comentó a sus generales: “Si no fuera Alejandro, me hubiera gustado ser Diógenes.”

“Los que saben no hablan; los que hablan no saben”.

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Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao-Tse:

“Los que saben no hablan;

los que hablan no saben

Cuando el Maestro entró donde ellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras.

El maestro les dijo:

– “¿Quién de vosotros conoce la fragancia de una rosa?”

Todos la conocían.

Entonces les dijo:

– “Expresadlo con palabras”.

Y todos guardaron silencio.