la Adoracion de los tres Mendigos.

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Los reyes magos apenas salíeron del pesebre de Belén, donde habían ofrecido al niño Dios oro, incienso y mirra; se fueron por otro camino al regresar a su país, como lo había pedido el Angel. Entonces se presentaron tres personas… Extraños, solos sin cortejo, no había parecer en ellos, ni hermosura: enfermos, fatigados, cubiertos de tanto barro y polvo que nadie podía decir de qué raza y país eran.

El primero tenía harapos, parecía sediento y hambriento, la mirada cansada por las privaciones.
El segundo caminaba torcido, trayendo cadenas pesadas en sus pies y en sus brazos. Llevaba en su cuerpo heridas profundas y marcas de su cárcel.
El último tenía el un cabello largo y sucio, ojos desfallecidos, buscando alivio.

Los vecinos del pesebre habían visto varios visitantes, pero estos les asustaban. En verdad, cada uno se sentía pobre y miserable, pero estos extranjeros mucho más.¡¡Nos dan miedo!!…¡¡Que no entren y se presenten al niño!! No!! Hay que impedir eso!!… Y se postraron delante de la puerta como para protegerla. Además. No llevaban consigo ningún regalo. Tal vez querían mendigar o quien sabe, robar!!! Todos habían oído hablar del oro, y se sabe que el oro atrae ladrones…¡¡Cuidado!!

Entonces se abrió la puerta y apareció San José afuera. – ¡Hola José!… Ten cuidado, aquí esta mala gente que quiere entrar. No les dejes penetrar en el pesebre de la Navidad!!… Eso no se puede imaginar!

-¡¡Callad!! Cada hombre puede presentarse delante del niño, sea pobre o rico, necesitado o magnífico, feo o hermoso, digno de confianza o de mala apariencia. El niño no pertenece a nadie en particular, ni siquiera a sus padres. Dejen entrar a estos viajeros… Entonces abrieron un camino estrecho. José les acogió y dejó la puerta abierta. Todos empujaban uno al otro para ver lo que habría de suceder. Unos se dijeron: pues, nosotros tampoco somos brillantes…

Los tres necesitados estaban inmóviles, callados delante del niño Dios. Y de verdad, nadie podía decir cuál de los cuatro era más pobre: el niño acostado en la paja del pesebre o los tres contemplándolo. El hambriento, el prisionero o el extraviado, todos vivían en la misma pobreza.

Luego José se dirigió hacia un lugar donde había colocado los regalos ricos de los reyes magos. La gente afuera empezó a murmurar de indignación: …No va a hacerlo! No tiene derecho! El oro, el perfume y el bálsamo pertenecen al niño!…

José no se dejó impresionar: le está ofreciendo el oro al hambriento desnudo, la mirra al prisionero herido, el incienso al tercero tan triste y tan desviado.

Dijo al primero: -Tu necesitas oro; cómprate vestidos decentes y comida. Yo soy carpintero, puedo sostener a mi familia con mi trabajo…. Al segundo dijo: -No puedo romper tus cadenas, pero toma el bálsamo para aliviar tus heridas… Y al tercero le dijo: -Para ti, el incienso. Cuando suba el humo oloroso, estarás menos triste y desamparado. Ese incienso aliviará tu espíritu entristecido…

La gente estaba furiosa. Todo lo regaló, lo gastó en esos mendigos. Despojó al niño. ¡¡ Es un escándalo!!

Pero el hambriento respondió: -Gracias por el oro. Pero mira. Si me voy a hacer compras con mis bolsillos llenos de oro, el comerciante creerá que soy un ladrón. Nunca he tenido riqueza. Quédate con el oro, te servirá.
El segundo dijo: -Hace mucho tiempo que mis miembros me duelen. Ahora me acostumbré. Aprendí a soportar el dolor. Pero cuando el niño se hiera, podrás curarlo con la mirra. El tercero dijo: -Pertenezco al mundo de los pensamientos. He estudiado tantas filosofías y religiones. He pensado, buscado, preguntado, hablado. Ahora no sé dónde está Dios en medio de todo esto. ¿Qué puede para mí el humo del incienso?, Sería un pocito más de humo. Me perdí, no sé, no encuentro al Señor.

La gente y José estaban atónitos. Sólo el niño estaba tranquilo, con sus ojitos abiertos, mirando a todos, a sus padres, los mendigos y la gente.

Luego pasó una cosa extraña. El primero dejó su abrigo envejecido y remendado a los pies del recién nacido, el prisionero colocó sus cadenas, el desviado su mirada perdida, y dijeron a Jesús: -Tómalos. Acepta. Un día necesitarás un abrigo roto cuando estés desnudo. Un día necesitarás un bálsamo para curar tus heridas sangrientas. Necesitarás cadenas cuando te traigan deshonrado como un timador. Acuérdate de mi en ese día. Quita mi duda, mi terror, mi vergüenza, porque me encuentro alejado de Dios. No puedo llevarlo solo. Es demasiado pesado. Ayúdame. Grita conmigo nuestra común desesperación, que Dios lo oiga, que el mundo lo entienda, cuándo llegará la hora para tí?.

José quiso proteger al niño, echar fuera los mendigos y sus malditos regalos. La gente gritaba. Pero no pudieron hacer nada. El abrigo, las cadenas, el terror estaban como pegados al niño Dios. Y Jesús estaba tranquilo y atento, con los ojos mirando a los pobres y sus regalos.

Se hizo un silencio largo, larguísimo. Por fin se levantaron; sacudieron sus miembros, como liberados de una carga.

Sabían entonces que en las manos de ese niño se puede colocar todo: la pobreza, los sufrimientos, la tristeza por estar lejos de Dios.

La mirada clara y firme esperanza, salieron del pesebre, consolados y fortalecidos en sus necesidades: la habían compartido con su Dios.

¿Feliz Navidad ? !!!JOU JOU JOU !!!

 

Bueno, en verdad no odio la Navidad. No me gusta en especial, pero no la odio. Es una época asquerosa para salir a la calle por culpa de la cantidad de gente que lo hace. Es una época en la que el dinero NO sobra cuando tienes que comprar regalos. Siempre te gustaría comprar algo más y mejor para las personas cercanas a ti, pero no es posible. O ya se han llevado lo que quieres, o no se te ocurre el qué comprar, o no tienes dinero… Y esa es otra… época consumista… ¿por qué sólo en esta época se regalan cosas? La magia y la gracia de la Navidad se va cuando dejas de ser pequeño y la “magia” desaparece  y la cosa cambia para siempre.

Pero lo peor de la Navidad no es todo esto. No. Lo que de verdad si que odio es todo lo que trae consigo. Eso de ir andando por la calle y oír villancicos en las tiendas… eso de ir al cine y ver películas de Navidad… HORROR.
Las canciones con las armónicas andinas, las guitarras, trompetas, acordeones y demás se transforman, y ahora los rockeros, peruanos, rumanos y románticos del metro cambian sus canciones por villancicos. A veces te podían molestar si vas leyendo o escuchando tu propia música… pero ahora, no es que molesten, es que te ahuyentan con el Jingle Bells y el We wish you a merry christmas… que ni siquiera son villancicos que aquí se hayan cantado hace años…
Y qué es esa gente por la calle disfrazada del gordo de rojo tocando una campana? ¿De verdad es necesario americanizar tanto una “fiesta” en la que ya tenemos nosotros nuestras costumbres?

Y lo de las películas ya no tiene nombre. Hacen películas que sólo se van a ver en esta determinada época. En serio, en el caso de que fuera una película buena, ¿te pondrías a ver Vaya SantaClaus (o como se llame) en verano? No. Nunca lo harías. Y mucho menos si alguien te pudiera pillar viendo una película de Navidad en verano. Lo mismo que con los villancicos o las canciones navideñas. Yo creo que la única película que todos hemos podido ver fuera de esta época y que es navideña es Sólo en Casa y Sólo en Casa 2.
Y otra cosa… cada año la Navidad empieza antes. Yo me plantearía dejar ya los adornos puestos todo el año. Este año a primeros de noviembre ya había lugares adornados con las luces encendidas… ¿Estamos locos? ¿Tanto suben las ventas como para que compense el gasto de luz? La Navidad empieza el día de la Lotería, no después de Los Santos Inocentes (es muy literal el título de Nightmare before Christmas -Pesadilla antes de Navidad).
PERO A PESAR DE TODO ESO , DE LAS COMPRAS, LOS PAPAS NOELES, DE LOS REYES MAGOS, DE LA FELICIDAD POR DECRETO , DEL FRÍO Y SOBRE TODO … DE LOS VILLANCICOS…. OS DESEO QUE TENGÁIS UNA FELIZ NAVIDAD.

 

!!!FELICES FIESTAS!!!…..O NO

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 QUISE SER COMO EL SABINA, PARA  ESCRIBIR LO QUE NO PUDE DECIR

Y ACABE DICIENDO LO QUE NO PODIA … Y ESCRIBIENDO LO QUE NO DIJE

Algunas veces vivo y otras veces

la vida se me va con lo que escribo

algunas veces busco un adjetivo

inspirado y posesivo

que te arañe el corazon

luego arrojo mi mensaje

se lo lleva de equipaje, una botella,

ama de tu incomprension

no te quiero hacer chantaje, solo quiero

regalarte una cancion

Algunas veces suelo recostar

mi cabeza el el hombro de la luna

y le hablo de una amante inoportuna

que se llama soledad.

QUISE SER COMO SABINA…. Y REGALARTE UNA CANCION

QUISE SER COMO SABINA……..

***

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Éste es el cuento de Navidad más triste que nunca hayas leído .

 

 

La última Navidad de Billy Miske es tan triste que ningún escritor podría habérsela inventado. Sí, este cuento de Navidad ocurrió de verdad.

En octubre de 1923, Billy Miske, ‘El Rayo de St. Paul’, uno de los mejores boxeadores del peso pesado del mundo, rumiaba una mentira y una pena demasiado grande. Hacía nueve meses que no peleaba porque se sentía verdaderamente mal, y veía cómo su vida se desmoronaba: un negocio de coches que había montado con un amigo era un desastre, y su familia estaba tan arruinada que había tenido que vender casi todos los muebles de su casa.

Hacía nueve meses que había dicho que se retiraba del boxeo porque era demasiado viejo. En los años 20, un boxeador a los 29 años acumulaba ya demasiado castigo. Pero no, no lo había dejado por eso: cinco años antes, su médico, el doctor Andrew Sivertsen, le había detectado la Enfermedad de Bright, un trastorno degenerativo en los riñones. “Con suerte, te quedan unos años de vida. Pero tienes que dejar el boxeo”.

Nunca le hizo caso, y siguió encima de los rings hasta que en enero de 1923, tras un fácil combate en el que ganó a Harry Foley por KO en el primer asalto, se sintió morir. Pero disimuló, como llevaba haciendo mucho tiempo: de su enfermedad sólo sabía el médico, su mánager, Jack Reddy, y un periodista de Minnesota, su gran amigo George Barton. Ni su mujer, Marie, ni sus tres niños. Nunca le hubieran permitido seguir peleando, pero él sabía que la única manera de evitar la ruina de los suyos era seguir batallando en los rings, aun a costa de acelerar su condena de muerte.

Ese día de octubre de 1923 en el que rumiaba su pena y su mentira, Miske sintió algo. Quizá una premonición. Llevaba nueve meses sin hacer deporte, descansando y a dieta, y se sentía algo mejor, pero quizá notó algo que no sabría explicar. Veía a su familia en la ruina y se imaginó cómo sería su vida sin él. Se dio cuenta de que ese momento estaba cerca. Y se fue a hablar con su manager.

“Búscame un combate”, le pidió. Reddy, evidentemente, le dijo que no: “Sabes que vas a morir si peleas”. Miske le miró a los ojos: “¿Qué más me da morir en el ring que esperar a la muerte sentado en una silla?”. El dolor de ver a su familia sin nada le consumía. Llegaban las Navidades y sus hijos no tendrían regalos. Reddy accedió. Boxearía contra Bill Brennan el siete de noviembre.

Nadie daba un duro por Miske, visiblemente fuera de forma. Pero la pelea fue increíble. En el quinto asalto, un fulminante derechazo tumbaba a Brennan. El ganador levantó los brazos. Sólo acertó a decir que se sentía muy cansado.

Pasó unas semanas en la cama, cobró la bolsa. Se fue a gastar los 2.400 dólares de premio: compró los muebles que había vendido, encargó un piano para Marie (el sueño de toda su vida) y juguetes para sus hijos. Los mejores que nunca habían tenido. Le sobró dinero para mandarle algo a sus padres y dejarle a su esposa lo suficiente para asegurarse el futuro cercano. Se volvió a la cama.

El día de Navidad se levantó a ver el árbol que había puesto el resto de la familia. Agarró a su mujer de la mano y disfrutó con sus niños de los regalos. Apenas podía comer, pero seguía disimulando: Marie le vio devorar la cena.

El 26 de diciembre de 1923 ya no pudo tragarse el dolor. Llamó a su manager y le suplicó que lo llevara al hospital. De camino le contó a su mujer la verdad: desde hace cinco años le ocultaba una enfermedad que le comía por dentro. Seis días después, el 1 de enero de 1924, Billy Miske, ‘El Rayo de St. Paul’, moría entre terribles dolores. Se fue pensando que el último día de Navidad de su vida había sido el más feliz. Para él, pero sobre todo para su familia. Había merecido la pena boxear sabiendo que era su condena de muerte.

Y a pesar de todo…el 25 sera Navidad.

 

En teoría, el día de navidad celebramos el nacimiento de Cristo, hijo de Dios que vino a hacerse hombre para predicar el amor entre nosotros y entregó su vida crucificado y murió lentamente como prueba del amor que nos tenía a los hombres.

En la práctica, el día de navidad las familias se reúnen, se entregan regalos, comen en abundancia y expresan con regalos, comidas, plegarias, música, abrazos y besos el amor que sienten por ser miembros de esa familia, el amor que sienten entre ellos.

Muchas de esas familias, que entienden el día de navidad como un día para expresar el amor por el otro, no necesariamente creen en que hubo un señor que nació en el pesebre de Belén y que fue crucificado tal como lo narra la Biblia y que ese señor o ese predicador o ese filósofo incomprendido era realmente el hijo de Dios.

No todos los que celebran la navidad creen a pie juntillas en tal o cual libro sagrado, ni pertenecen a tal o cual confesión religiosa, ni practican tales o cuales mandatos morales, ni siquiera están seguros de que el hijo de Dios vivió entre nosotros, ni de que Dios exista a tiempo completo.

Yo celebro la navidad y sin embargo soy agnóstico. Yo celebro la navidad y creo que en todos los dioses y en ninguno, creo en todas las religiones y en ninguna. Yo celebro la navidad porque es un día más pero no un día cualquiera, pues nos recuerda que estamos vivos (lo cual ya es insólito, extraordinario, en el contexto del tiempo cósmico) y que aún estamos a tiempo de decirnos que nos amamos, incluso si no nos amamos del todo o todo el tiempo (pero ya decir que nos amamos es igualmente insólito, extraordinario, porque, en rigor, rara vez nos decimos eso los humanos).

No me apunto entonces al club de los que dicen que la navidad es odiosa y detestable, que las reuniones familiares suelen ser aburridas y envenenadas por el tedio y la hipocresía, que es una fiesta obscena del consumismo, una celebración del dinero, porque el amor se expresa en regalos y los mejores regalos siempre son caros. No me apunto a ese cofradía quejumbrosa y descreída. He leído muchas veces a gente diciendo que odia la navidad y sospecho que esa gente probablemente se odia a sí misma o a la especie humana en general.

Porque, a fin de cuentas, la navidad es una celebración urgente, instintiva, del hecho milagroso (o al menos inexplicable) de estar vivos, no importa si crees en tal o cual Dios o en ninguno, no importa si tienes la plata para comprar el mejor regalo o sólo te alcanza para abrazar y besar a los que más quieres y decirles que los amas, que es siempre el regalo más precioso (y no se puede comprar).

Lo único que importa en la navidad es recordar que tienes la suerte, si acaso, de tener a una familia que te ama, o a unas personas que te aman aunque no tengan vínculos sanguíneos contigo y son ya la familia que has elegido. Lo único que importa en la navidad es reconocer que estás vivo, que esta puede ser tu última navidad, que todavía hay gente que te ama a pesar de todo y que todavía amas a ciertas personas a pesar de todo.

Por eso ninguna navidad es despreciable, por eso me digo que hay que celebrar cada navidad como si fuera la última, porque, creas o no creas en las evocaciones religiosas que ella despierta, lo único cierto, verdadero, palpable, demostrable el día de la navidad es que todavía estás vivo, que respiras, que caminas si tienes suerte, y que a tu lado hay niños que abren regalos y sonríen, y hay gente que te ama porque creció contigo y porque su instinto es amarte aunque no merezcas que te amen, y porque algunos de los que te amaron ya no están (y, aunque no creas en ningún Dios, quizá merezcan que les digas que los amas o que los echas de menos) y porque tienes la suerte de que todavía viven otros que te amaron toda la vida y que te amarán hasta el último de sus días o de los tuyos.

El milagro escondido de la navidad no es necesariamente que hace tantos miles de años nació furtivamente el hijo de Dios: el milagro es que tú y yo todavía estamos vivos y que todavía hay gente que amamos y que nos ama. No dejes pasar la ocasión de decirle a esa gente que la amas, porque un día (más pronto de lo que esperas) puede que ya no tengas esa oportunidad, y entonces serán ellos los que con suerte te recordarán en una navidad en la que estarás ausente.

Y a pesar de todo esto…. el 25 sera Navidad.

FELIZ AÑO NUEVO.

1. Te amo no por quien eres, sino por quien soy cuando estoy contigo.
2. Ningún hombre merece tus lagrimas, y quien se las merezca no te hará llorar.
3. Solo porque alguien no te ame como tu quieres, no significa que no te ame con todo su ser.
4. Un verdadero amigo es quien te toma de la mano y te toca el corazón.
5. La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.
6. Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quien se puede enamorar de tu sonrisa.
7. Puedes ser una persona para el mundo, pero para una persona tu eres el mundo.
8. No pases el tiempo con un hombre/una mujer que no este dispuesto a pasar el tiempo contigo.
9. Quizá Dios quiera que conozcas mucha gente equivocada antes de que conozcas a la persona adecuada, para que cuando al fin la conozcas sepas estar agradecido.
10. No llores porque ya se termino, sonríe porque sucedió.
11. Siempre habrá gente que te lastime, así que lo que tienes que hacer es seguir confiando y solo ser mas cuidadoso en quien confías dos veces.
12. Conviértete en una mejor persona y asegúrate de saber quien eres antes de conocer a alguien mas y esperar que esa persona sepa quien eres.
13. No te esfuerces tanto, las mejores cosas suceden cuando menos te las esperas

OS DESEO UN FELIZ AÑO NUEVO.

Y con un cuento…. Feliz Navidad.

G. K. Chesterton
La tienda de los fantasmas

Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por  medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general  resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes.

Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión  que una vez escuche a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma  y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual.

Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noe rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante  ya no era azul  por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza  negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noe roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza.

Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y,  por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastro a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma.

Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era  como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera  pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.

-No, no –dijo confuso – Nunca lo he hecho así. Nunca. Aquí somos muy anticuados.

-No aceptar dinero me parece  algo a la  más rabiosa última moda más que anticuado.

-Nunca lo he hecho así – contestó el anciano sonándose los mocos – Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para cambiar.

-¡Por el amor de Dios! – dije – ¿Qué quiere decir? Está hablando como si fuese Papá Nöel.

-Soy Papá Nöel- dijo disculpándose y volvió a sonarse los mocos.

En el exterior, las farolas no podían estar encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle. Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.

-Pareces enfermo, Papá Nöel – Algo me impulso a decir eso.

-Estoy agonizando.

Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.

-Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo. Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos, todos los innovadores. Dice que le doy a la gente supersticiones y les vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo muerto.

-Tú sabrás si estás  muerto – repliqué – pero a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.

Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna manera, esperé  ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por completo estupefacto.

-¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! – gritó – Vine a preguntar dónde estaba tu tumba.

-Aún no he fallecido, Sr. Dickens – contestó el anciano  con su débil sonrisa – Pero me estoy muriendo – añadió como tranquilizándole

-Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis tiempos – dijo el Sr. Charles Dickens alegremente – Y no pareces ni un día más viejo.

-Llevó así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel.

El  Sr. Charles Dickens le dio la espalda y sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.

-Dick – bramó a todo pulmón – sigue vivo.

Otra sombra oscureció el umbral,  entró un caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar correspondiente a  la moda de la época de la reina Ana. Andaba erguido como un soldado y  en su cara había una expresión arrogante que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado pequeña para ella.

– En verdad – dijo Sir Richard Steele – Es cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.

Mis sentidos se embotaban y el cuarto se oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.

-Se ha dado siempre por entendido – dijo un hombre gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico ( Me parece que era Ben Johnson)- Se ha dando siempre por entendido, cónsul Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su desaparición. Este anciano canoso no esta ahora más robusto que cuando yo le eche el ojo.

Y creó que también escuché a un hombre vestido con malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés normando “ Pero sí lo vi agonizante.”.

– Llevo así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel otra vez a su débil manera.

El Sr. Charles Dickens de repente se le acercó y se inclinó delante de él.

-¿Desde cuando? –preguntó – ¿Desde qué naciste?

-Sí- contestó el anciano y se dejó caer en su silla temblando – Siempre he agonizado.

El  Sr.Charles Dickens se quitó el sombrero haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la multitud a amotinarse.

-Ahora lo entiendo – gritó – Nunca morirás.