FACUNDO CABRAL

frases-con-foto-Libertad

Anuncios

¿Sabeis de que voy hablar hoy ?

 

Esta historia comienza cuando Nasrudín llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.

Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía qué decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.

Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

– “Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles.”

La gente dijo:

– “No… ¿qué es lo que tienes para decirnos?. No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!”

Nasrudín contestó:

– “Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.”

Dicho esto, se levantó y se fue.

La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total, si no fuera porque uno de los presentes (nunca falta uno), mientras Nasrudín se alejaba, dijo en voz alta:

-¡Qué inteligente!

Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice : “¡qué inteligente!”, para no sentirse un idiota, uno repite: “¡sí, claro, qué inteligente!”. Y entonces, todos empezaron a repetir:

– “Qué inteligente.”

– “Qué inteligente.”

Hasta que uno añadió:

– “Sí, qué inteligente, pero… qué breve.”

Y otro agregó:

– “Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que de una segunda conferencia.”

Entonces fueron a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.

Nasrudín dijo:

– “No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.”

La gente dijo:

– “¡Qué humilde!”

Y cuanto más Nasrudín insistía en que no tenía nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudín se paró frente al público e insistió con su técnica:

– “Supongo que ustedes ya sabrán qué he venido a decirles.”

La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:

– “Sí, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido.”

Nasrudín bajó la cabeza y entonces añadió:

– “Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.”

Se levantó y se volvió a ir.

La gente se quedó estupefacta; porque, aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:

– “¡Brillante!”

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho: “¡brillante!”, el resto comenzó a decir:

– “¡Sí, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!”

– “Qué maravilloso”

– “Qué espectacular”

– “Qué sensacional, qué bárbaro”

Hasta que alguien dijo:

– “Sí, pero… mucha brevedad.”

– “Es cierto”, se quejó otro

– “Capacidad de síntesis”, justificó un tercero.

Y en seguida se oyó:

– “Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría!”

Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenia conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad de origen.

La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.

Por tercera vez se paró frente al publico, que ya eran multitudes, y les dijo:

– “Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar.”

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

– “Algunos sí y otros no.”

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudín con la mirada.

Entonces el maestro respondió:

– “En ese caso, los que saben… cuéntenles a los que no saben.”

Se levantó y se fue.

Ángel o Demonio

 

Usted me llama Ángel de Amor y luz,
un ser de bondad y eterno fuego,
enviado desde el Cielo para guiar vuestros pasos
por senderos donde los espíritus ansían caminar.
Dices que brillo como un astro en el firmamento;
como un rayo en el crepúsculo, una chispa de la Fuente.

Ahora escucha mi respuesta, y deja que el mundo la oiga:
Hablo sin temor sobre lo que conozco;
El puro, el fervoroso Amor es el espíritu creador
que hace de las mujeres ángeles.
Yo vivo, existo sólo por usted, sólo en usted.
Nuestras almas juntas yacen atadas
por las antiguas leyes sagradas,
y si yo soy un Ángel, usted es la causa.

Mientras mi bote agitaba las espumas del mar,
observé en calma desde la proa:
Encantador el Amor brillaba,
el pulso firme sobre el timón;
iluminado en sus bellas formas.
¿Maldeciré entonces la barca que en la noche fue naufragio,
pues el infame navegante abandonó su puesto
envuelto en radiantes sombras?
Mi propio bote no es ajeno,
pues él también se ha perdido.
¿Ha desertado el marinero
o se ha dormido en su puesto?

He dejado los tesoros de mi alma a vuestros pies,
(sé que algunas damas lo hacen cada día).
No hay criatura que camine por esta calle
que posea el negro corazón que yo anhelo.
Usted ha despreciado todos los tesoros,
así como muchos caballeros con el corazón de hielo.

Esta llama del altar de Dios,
este fuego sagrado del Amor,
que arde como dulce incienso sólo para usted,
hoy será el estigma de mi vergüenza.
Ha torturado mi espíritu con su falsedad,
ignominia que todo lo pervierte;
los Ángeles y los Demonios nacen del mismo vientre
hasta que la Pasión los guía hacia abajo,
o por el camino ascendente.

Yo les advierto, a todas las mujeres
que habitan bajo la máscara de esposas,
y a las dulces y tiernas madres,
que el destino nunca es justo.
Son las damas las que abandonan sus vidas
por la locura que brota de la desesperación.
Como la brasa que en la chimenea consume su calor,
el desdén derriba todos las murallas.

El mundo es cruel al juzgar estas cosas,
un gran mal y un gran bien
se alimentan del mismo seno.
El Amor nos convoca y nos desgarra,
cubriendo nuestros hombros con sus alas;
Y lo mejor bien puede ser lo peor,
y lo odioso ser lo deseable.
Usted debería agradecer que esta pena se haya ensañado así,
pues el Demonio ha enterrado al Ángel que hay en mí.

Ella Wheeler Wilcox.

Preguntale a los muertos.

 

En un amplio patio de la casa más elevada del poblado, descansaba un hombre anciano cuyo rostro se decía que inspiraba una extraña mezcla entre misericordia y firmeza. Era conocido por el nombre de Khalil, y de todos era sabido que de sus palabras parecía brotar un manantial de sabiduría.

Un día de sol, en el que el anciano se hallaba meditando bajo la sombra de una vieja higuera, se presentó ante el umbral de su jardín un joven que dijo:

– “Amigo sabio, ¿puedo pasar?”

– “La puerta está abierta” – respondió Khalil.

El joven, cruzando el umbral y acercándose al anciano, le dijo:

– “Me llamo Maguín y soy artista. Mi trabajo es sincero y pleno de sentimiento, sin embargo tengo un gran problema: me atormentan las críticas que se hacen de mi vida, mi obra y mi persona. Vivo obsesionado por las descalificaciones de los críticos de arte, y por más que trato de que no me afecten, me acaban esclavizando… Sé que eres un hombre sabio y que tu fama de sanador alcanza los horizontes más remotos. Dicen también que tus remedios son extraños, y, sin embargo, no me falta confianza para acudir a ti, a fin de conseguir la paz que tanto necesito en la defensa de mi imagen.”

Khalil, mirando al joven con cierta displicencia, le dijo:

– “Si quieres realmente curarte, vé al cementerio de la ciudad y procede a injuriar, insultar y calumniar a los muertos allí enterrados. Cuando lo hayas realizado, vuelve y relátame lo que allí te haya sucedido.”

Ante esta respuesta, Maguín se sintió claramente esperanzado en la medicina del anciano. Y aunque se hallaba un tanto desconcertado por no entender el porqué de tal remedio, se despidió y salió raudo de aquella casa.

Al día siguiente, se presentó de nuevo ante Khalil.

– “Y bien, ¿fuiste al cementerio?” – le pregunto éste.

– “Sí” – contestó Maguín, en un tono algo decepcionado.

– “Y bien, ¿qué te contestaron los muertos?”

– “Pues en realidad no me contestaron nada, estuve tres horas profiriendo toda clase de críticas e insultos, y en realidad, ni se inmutaron”

El anciano sin variar el tono de su voz le dijo a continuación:

– “Escúchame atentamente. Vas a volver nuevamente al cementerio, pero en esta ocasión vas a dirigirte a los muertos profiriendo todos los elogios, adulaciones y halagos que seas capaz de sentir e imaginar”

La firmeza del sabio eliminó las dudas de la mente del joven artista por lo que despidiéndose, se retiró de inmediato.

Al día siguiente Maguín volvió a presentarse en la casa de anciano…

– “¿Y bien?”

– “Nada” – contestó Maguín en un tono muy abatido y desesperanzado.

– “Durante tres horas ininterrumpidas, he articulado los elogios y elegías más hermosos acerca de sus vidas, y destacado cualidades generosas y benéficas que difícilmente pudieron oír en sus días sobre al tierra, y… ¿qué ha pasado? Nada, no pasó nada. No se inmutaron, ni respondieron. Todo continuó igual a pesar de mi entrega y esfuerzo. Así que… ¿eso es todo?”, preguntó el joven con cierto escepticismo.

– “Sí” – contestó el viejo Khalil.

– “Eso es todo… porque así debes ser tú, Magín: indiferente como un muerto a los insultos y halagos del mundo… porque el que hoy te halaga, mañana te puede insultar, y quien hoy te insulta, mañana te puede halagar. No seas como una hoja a merced del viento de los halagos e insultos. Permanece en tí mismo, más allá de los claros y los oscuros del mundo”

A medianoche

 

A medianoche, a punto de terminar agosto, pienso con tristeza en

las hojas que caen de los calendarios incesantemente. Me siento el árbol

de los calendarios.

 

Cada día, hijo mío, que se va para siempre, me deja preguntándome: si

es huérfano el que pierde un padre, si es viudo el que ha perdido la 

esposa, ¿Cómo se llama el que pierde un hijo?, ¿cómo, el que pierde el

tiempo? Y si yo mismo soy el tiempo, ¿cómo he de llamarme, si me

pierdo a mi mismo?

 

El día y la noche, no el lunes ni el martes, ni agosto ni spetiembre; el

día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es

durar, abrir los ojos y cerrarlos.

 

A estas horas, todas las noches, para siempre, yo soy el que ha perdido

el día. (Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del

durazno, está subiendo, en el corazón de estas horas, el amanecer).

 

A medianoche (Diario semanario y poemas en prosa, 1961)

CAPERUCITA ROJA

 

 

Al otro lado de este bosque inmenso
me espera el mundo. Todo lo que he visto
sólo en mis sueños tiene que esperarme
al otro lado de este bosque. Es hora
de ponerme en camino, aunque el viaje
se lleve varios años de mi vida.
De pronto escucho aullar la voz de siempre,
la que siempre ha logrado detenerme:
“Al lado de este bosque, niña,
sólo espera la casa en la que mueres”.

 

Poema del Autor/a: Amalia Bautista

 

Un reflejo.. ¿ esta seguro Sr Gandhi ?

Le preguntaron a Mahatma Gandhi, ¿cuáles son los factores que destruyen al ser humano?

Él respondió así:

La Política sin principios, el Placer sin compromiso, la Riqueza sin trabajo, la Sabiduría sin carácter, los Negocios sin moral, la Ciencia sin humanidad y la Oración sin caridad.

La vida me ha enseñado que la gente es amable, si yo soy amable; que las personas están tristes, si estoy triste; que todos me quieren, si yo los quiero; que todos son malos, si yo los odio; que hay caras sonrientes, si les sonrío; que hay caras amargas, si estoy amargado; que el mundo está feliz, si yo soy feliz; que la gente es malhumorada, si yo soy malhumorado; que las personas son agradecidas, si yo soy agradecido.

La vida es como un espejo: Si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa. La actitud que tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará ante mí.

“El que quiera ser amado, que ame”.

“La única razón por la que eres feliz, es porque tú decides ser feliz…”