El niño-pájaro

RETRATO_DE_NINO_CON_PAJARO___Autor_Miguel_Angel_Mondragon_Ruiz

Lo miraba fijamente como si dentro de su cuerpo hubiera algo que ella necesitaba para existir. El niño también la miraba: nunca antes había visto un pajarraco tan inmenso; bueno, una pajarraca: él siempre creía que las aves eran femeninas. Comenzaba a pensar que se trataba de una de esas alucinaciones que estaban aquejándolo desde hacía un largo tiempo y de las que su madre huía despavorida.

Cuando sus ojos estaban a punto de romperse oyó la voz de su madre que solicitaba con urgencia su presencia. Bajó las escaleras con decisión, cumplió con su madre y volvió a su habitación; la pájara ya no estaba. Dejó la ventana abierta pero no volvió a verla. Durante días enteros esperó ansioso su regreso, y cuando ya no tenía esperanzas de volver a mirarse en el fondo de sus ojos ocurrió algo que confirmaría sus sospechas.

Era de noche, su padre acababa de llegar a la casa más cansado, aterrado con el mundo y violento que nunca. El niño no recordaba haberlo visto de esa forma antes. Su ropa despedía un cúmulo de olores: “todos los bares y sitios de la ciudad se pegan a su piel”, pensó el niño. En poco tiempo empezó a golpear y destruir todo lo que se ponía en su camino. Cuando el niño supo que había llegado su turno se escabulló y subió más rápido que deprisa a su habitación.

Cerró la puerta con una violencia tímida y asustadiza y se quedó paralizado. Entonces, la vio: la inmensa pajarraca estaba parada de pie junto a la ventana. Intentó acercarse a ella pero al hacerlo ella voló hacia el sol. Y, sin saber bien cómo, el niño se vio a sí mismo surcando los aires, huyendo de esa vida que no le depararía más que lamento y tristeza.

El sol se había puesto y sus padres continuaban gritando e incendiando la casa: demasiado ocupados en sus asuntos como para pensar en ese niñito que ya se iba, que dejaba el tiempo de infancia para siempre.

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Conversación con el diablo. Entretien avec le diable, Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)

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Parece difícil, a la vista del nivel actual de nuestra civilización, representarse al Diablo de forma diferente a un monstruo negro, con ojos de brasa y pies hendidos, que disimula sus cuernos de macho cabrío bajo un sombrero rojo y su cola peluda en los calzones. Sin embargo, determinadas tribus supersticiosas del centro de África que, si se concede crédito a los relatos de los misioneros, lo veneran casi tanto como nosotros, le atribuyen un color blanco. Por lo que respecta a los partidarios de la secta de Sinto, en el Japón, están persuadidos de que este personaje adopta la forma del zorro y, curiosa coincidencia, los insulares de las islas Maldivas le sacrifican gallos y pollos. A decir verdad, todas esas opiniones son igualmente falsas. El Diablo no es sino un pobre hombre, de aspecto insignificante. Se parece a un profesor de la enseñanza libre tanto como a un empleado de obras públicas. Se le desearía incluso un aspeco más digno, al menos acorde con las tendencias políticas de las últimas generaciones.

La primera vez que me encontré con él, fue en París y a toda ley. Él bebía un café solo sobre un mostrador de un bar del muelle de la Tournelle, hacia las once de la noche. Estábamos los dos algo bebidos. Recuerdo, no obstante, que el fonógrafo del establecimiento tocaba en aquel preciso momento «El despertar del negro» al banjo. El Demonio me propuso en un primer momento una partida de ese juego de azar, derivado del zanzíbar, vulgarmente conocido como «ano» porque sólo cuentan los ases. La rechacé, conocedor de la grotesca fama que este juego tiene en numerosos círculos y casinos de la zona costera. Entonces me propuso muy educadamente que le hiciera compañía por el muelle hasta que sonara la primera campanada de medianoche, instante en el que Él retoma su servicio. Dimos algunos pasos en silencio. Luego, como era de prever, Él intentó ejercer sobre mí distintos tipos de seducción, con el objetivo de apropiarse de mi alma inmortal a poca costa.

—¿Quiere hacerse invisible? —insinuó en voz baja con el tono que los parisinos adoptan habitualmente para venderle tarjetas transparentes a los ingleses en el atrio de Notre-Dame—. Pues bien: póngase bajo el brazo el corazón de un murciélago, el de una gallina negra, o mejor aún, el de una rana de quince meses. Pero es más eficaz robar un gato negro, comprar un puchero nuevo, un espejo, un encendedor, una piedra de ágata, carbón y yesca…

Yo no estaba de humor como para permitir que me siguiera recitando el Petit-Albert o Las Clavículas de Salomón, obras pasadas de moda cuya lectura abandoné hace ya mucho tiempo.

—Creo —repliqué— que en nuestra época de progresos sociales y económicos, su ciencia lleva algo de retraso. La señorita Irma (¿no fue ella mi primera amante cuando leía el futuro en los posos del café no lejos de la estación Réamur-Sébastopol del metropolitano?) sabía tanto como usted sobre esta cuestión. Valiéndose de una simple mesa giratoria de caoba chapeada, hasta me procuró una conversación particular con el general Boulanger. En aquellos momentos yo deseaba librarme del servicio militar.
—Mi arte es eterno, hijo mío —prosiguió el Diablo— y sus preceptos son siempre útiles. Pero me doy cuenta de que, aunque escéptico y viciado por el espíritu del siglo, usted posee bastante instrucción. Con mucho gusto lo incluiría en el número de los intelectuales.
Estas palabras, que me adularon, me indujeron a pensar que mi compañero buscaba en esta ocasión atraerme hacia el pecado de soberbia.
—Si tiene interés en que sigamos siendo amigos —le dije finalmente— no intente utilizar astucias conmigo. ¿Quiere mi alma? Muy bien, se la cederé en lo que vale. Pero deje de darme con el codo cada vez que nos cruzamos por el acerado con una de esas impuras criaturas que la miseria ha reducido a formar parte de su clientela. Sólo le pediré a cambio de lo que desea de mí, una cosa: que me distraiga. ¿Sabe una cosa, Diablo? me aburro tanto como un hombre puede hacerlo sobre este planeta. Como suele decirse, estoy hastiado. Los crímenes pasionales de nuestros grandes diarios ya no me interesan; además los asesinos terminan todos por ser atrapados; la manilla, los cientos o el juego de la rana carecen de misterio para mí. Los beneficios de la gimnasia sueca o el resultado del gran premio de ciclismo ya no bastan para satisfacer mis aspiraciones de ideal. Quisiera que usted me ofreciera un espectáculo capaz de procurarme entusiasmo durante sólo diez minutos. Mire, por ejemplo, haga surgir por detrás de la Halle-au-Vin una aurora boreal. Desencadene algún cataclismo inédito, haga sonar solas las campanas de Notre-Dame o elevarse hacia el cielo como una flecha la torre Eiffel. Deje en libertad a las dos jirafas del Jardín de Plantas, luego despierte a los muertos del cementerio del Père-Lachaise y condúzcalos en orden, por rango de edad y distinción, a través de los bulevares hasta la Concordia. Déle por lo menos un volcán a Montmartre y un geiser al estanque del Luxemburgo. Si hace usted eso renuncio para siempre a mi parte de vida eterna en el seno de Abraham. ¡Algo imprevisto, algo imprevisto! ¡Por falta de algo imprevisto perecemos todos desde que comenzó la era cuaternaria!

—Hijo mío —me contestó entonces el Diablo con indulgencia— piense que en París y su extrarradio existen tres millones de habitantes. Si atendiera su deseo de hacer algo maravilloso, vería de inmediato que dos millones y medio de ellos se convertirían a diversas religiones (y supongo, que unas 500.000 personas de espíritu débil, se morirían de susto en el acto). En consecuencia, la pérdida que tendría que registrar a cambio de conseguir sólo su alma, aún teniéndolo todo en consideración, sería una adquisición bastante mediocre. Pero, puesto que me pone entre la espada y la pared, dése la vuelta y mire.

Mientras hablaba, el Diablo desapareció sin expandir, en contra de lo previsto, el menor olor a azufre. Obedecí su recomendación y el espectáculo que se ofreció a mi vista me dejó estupefacto. Había… había dos lunas en el cielo. Dos lunas, dos lunas iguales se erguían juntas en el horizonte. Era, hay que admitirlo, más de lo necesario para una noche de verano, ya de por sí bastante poética. Pensaba en el pretexto suficiente que me procuraría este acontecimiento sin precedentes para faltar a mi despacho a la mañana siguiente, cuando un pequeño detalle me llamó la atención: La primera de las dos lunas marcaba exactamente las doce de la noche. No era sino la esfera luminosa del reloj de la estación de Lyon… He aquí como, una noche de borrachera, vendí mi alma al diablo por un reloj…

Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)

La estupidez humana.

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Un hombre estaba poniendo flores en la tumba de su esposa, cuando vio a un chino poniendo un plato de arroz en la tumba vecina.

El hombre se dirigió al chino y le preguntó, levemente burlón:

– “Disculpe señor… ¿de verdad cree usted que el difunto vendrá a comer el arroz?”

– “Sí”, respondió el chino, “cuando el suyo venga a oler sus flores…”

¿Es eso la paz?

 

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Había una vez un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.

La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre éstas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos quienes miraron esta pintura pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta.

La segunda pintura también tenía montañas. Pero éstas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico.

Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, el vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido…

El Rey escogió la segunda…

– “Porque”, explicaba el Rey, “paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que, a pesar de estar en medio de todas estas cosas, permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la paz.”

Dejarme ver el Sol.

 

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Al oír hablar sobre Diógenes, Alejandro Magno quiso conocerlo. Así que un día en que el filósofo estaba acostado tomando el sol, Alejandro se paró ante él.

Diógenes se percató también de la presencia de aquel joven espléndido. Levantó la mano como comprobando que, efectivamente, el sol ya no se proyectaba sobre su cuerpo. Apartó la mano que se encontraba entre su rostro y el del extraño y se quedó mirándolo.

El joven se dio cuenta de que era su turno de hablar y pronunció:

– “Mi nombre es Alejandro El Grande”. Pronunció esto último poniendo cierto énfasis enaltecedor que parecía más bien aprendido.

– “Yo soy Diógenes el perro”

Hay quienes dicen que retó a Alejandro Magno con esta frase, pero es cierto también que en Corinto era conocido como Diógenes el perro. Alejandro Magno era conocido en la polis así como en toda la Magna Grecia.

A Diógenes no parecía importarle quien era, o quizá no lo sabía.

El emperador recuperó el turno:

– “He oído de ti Diógenes, de quienes te llaman perro y de quienes te llaman sabio. Me place que sepas que me encuentro entre los últimos y, aunque no comprenda del todo tu actitud hacia la vida, tu rechazo del hombre virtuoso, del hombre político, tengo que confesar que tu discurso me fascina”.

Diógenes parecía no poner atención en lo que su interlocutor le comunicaba. Más bien comenzaba a mostrarse inquieto. Sus manos buscaban el sol que se colaba por el contorno de la figura de Alejandro Magno y cuando su mano entraba en contacto con el cálido fluir, se quedaba mirándola encantado.

– “Quería demostrarte mi admiración”, dijo el emperador. Y continuó: “Pídeme lo que tú quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombre más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar”.

– “Por supuesto. No seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Querría pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora mismo, mi más grande deseo. No tengo ninguna otra necesidad y también es cierto que solo tú puedes darme esa satisfacción”

Mas tarde Alejandro comentó a sus generales: “Si no fuera Alejandro, me hubiera gustado ser Diógenes.”

EL TELEVISOR ( Oración de un niño )

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Mientras oraba antes de acostarse, un niño pidió con devoción:

– “Señor, esta noche te pido algo especial: conviérteme en un televisor. Quisiera ocupar su lugar. Quisiera vivir lo que vive la tele de mi casa. Es decir, tener un cuarto especial para mí y reunir a todos los miembros de la familia a mi alrededor.”

– “Ser tomado en serio cuando hablo. Convertirme en el centro de atención, y ser aquel al que todos quieren escuchar sin interrumpirlo ni cuestionarlo. Quisiera sentir el cuidado especial que recibe la tele cuando algo no funciona.”

– “Y tener la compañía de mi papá cuando llegue a casa, aunque esté cansado del trabajo. Y que mi mamá me busque cuando esté sola y aburrida, en vez de ignorarme. Y que mis hermanos se peleen por estar conmigo.”

– “Y que pueda divertirlos a todos, aunque a veces no les diga nada. Quisiera vivir la sensación de que lo dejen todo por pasar unos momentos a mi lado.”

– “Señor, no te pido mucho. Sólo vivir lo que vive cualquier televisor“

Del libro “La culpa es de la vaca”
Jaime Lopera – Marta Inés Beltrán
Intermedio Editores

¿Has sentido miedo ?

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Primero voy a describirles donde vivía para que tengan una idea de donde sucedió todo. Vivía en unas casa pequeña pero agradable, de tres cuartos, una sala comedor y una terraza en la parte posterior donde estacionábamos el carro, esta a su vez colindaba con el cuarto de mi madre, tenía un patio de unos doscientos metros cuadrados, con árboles frutales, lo normal.

En aquel entonces no teníamos cerca de ciclón.Teníamos una cerca de arbustos sembrada de papos (Cayenas) de más o menos tres metros de altura, que nos permitía un poco de privacidad con los vecinos.

Una noche, después de darme un baño, fui al cuarto de mi madre a lidiar con una espinilla que tenía una cuenta pendiente. El baño tenía un espejo grande y había buena luz, el espejo estaba ubicado en la pared contra la ventana, por lo que el reflejo daba hacia el patio, que por cierto estaba muy oscuro.

En las casas de campo,  la mayoría de las ventanas tienen cedazo para que no entren los insectos, pero tienen un problema, durante el día se puede ver claramente hacia afuera, pero de noche no vez mas allá de él, y como muchos sabrán, se ve mejor desde afuera.

El caso fue que mientras me secaba la cara, mire el espejo y como si estuviera en peligro mire el espejo buscando que provocaba esa sensación, pero lo único que podía ver por él, era el reflejo de un cedazo gris. Pero, solo lo pude hacer por unos segundos y no sé qué sucedió, pero tuve que bajar la mirada o algo me obligó a hacerlo y créanme no tuve valor para mirar otra vez “Tenía miedo de mirar”. Por primera vez, sentí un miedo terrible, me sentí vulnerable, una sensación de acechó, el miedo fue tan grande que me paralicé por completo, no podía hablar, recuerdo que balbuceaba palabras pero no vocalizaba nada que se entendiera y con un volumen de voz que tal vez nadie me escucharía, sentía como el cabello de mi nuca se erizaba y que la piel se me ponía de gallina, pero no podía ver nada, sentí como si el tiempo se detuviera. Fue una eternidad.

No sé cuantos minutos pasaron, pero poco a poco pude moverme, gane  fuerzas o lo que estaba influenciando ese miedo se alejaba, pero pude sentir que me movía y mire nuevamente el espejo, lo que vi fue mi rostro pálido y con las ojeras marcadas como si no hubiera dormido en días. Lo siguiente que hice fue intentar salir de ese cuarto. La puerta no estaba a más de un metro pero me parecieron diez. Una vez estuve fuera de aquel cuarto me dirigí por el pasillo al último cuarto donde mi madre veía televisión. Intenté no ver por la ventana ya que esta también da hacia el patio.Me pare frente a ella. Me miró y me preguntó ¿Hijo, que te pasa? porque estas tan pálido, no sabía si llorar o gritar por lo que me había sucedido, estaba destruido, lo que recuerdo fue que le dije, “Tengo miedo, mucho miedo”, vi la preocupación en sus ojos y asustada me dijo: me estas asustando, que te pasó, ¿Miedo a que?

Ella me abrazó y dijo: estas temblando, estas frío…
No le pude contestar nada más, pasaron tal vez quince o veinte minutos, hasta que le pude contar lo que me había sucedido. No podía creerlo.

Y así como el miedo llegó, se fue… así de simple. Esa misma noche poniéndome a prueba, me dirigí a la puerta trasera, la abrí y salí al patio de mi casa en medio de la noche.

Me preguntaba a mi mismo “¿Que fue éso?”.