“La extraña historia de un león verde”

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Discúlpenme por presentarme yo mismo pero las circunstancias me obligan a ello: soy el león verde y lo que más me gusta es devorar al ardiente Sol.

Si me he decidido a dar este paso es porque desde hace mucho tiempo no tengo amigos y, lo que es más terrible, en la actualidad apenas me quedan conocidos. La indiferencia de los filósofos, la ignorancia de los artistas, la arrogancia de los científicos, la mediocridad de los difusores de las ciencias ocultas y el fanatismo de los religiosos me han encerrado en una jaula apartada del devenir del mundo.

Desesperado y sólo, he decidido aprovechar estas páginas para dar fe de mi existencia. Aquí concluye mi pretensión, no quiero revindicar mi utilidad ni siquiera reanimar la búsqueda de que era objeto en la antigüedad, pues aunque mi naturaleza sea profundamente orgullosa e iracunda, el olvido en el que he caído me obliga a ser humilde. Pero no puedo dejar pasar la ocasión que me brinda este cuento mágico para presentarme a quien tenga bien leerlo.

Procedo de un antiguo linaje pues la primera constancia de mi existencia la dio un eremita cristiano conocido como Morieno y que vivió en Siria a finales del siglo séptimo. En la soledad de su retiro alcanzó a conocer la raíz del cielo y la tierra y logró realizar la Piedra filosofal. A nadie explicó su saber salvo un rey omeya, Jâlid ibn Mu’awiyya era su nombre, aunque en Occidente lo llamaron Calid. Precisamente nací durante el diálogo entre el eremita y el rey. El sabio solitario enseñaba al rey la manera de hacer la Piedra filosofal por medio de extrañas imágenes que, a modo de alegorías, describían las operaciones del arte y en una de ellas apareció mi nombre: “Toma el humo blanco y el león verde, la almagra roja y la inmundicia. Disuelve todas estas cosas y sublímalas, y después únelas de tal manera que en cada parte del león verde haya tres partes de la inmundicia del muerto…”.

Ante la extraña explicación de mi nacimiento, la mayoría de los humanos han creído que no existo, que sólo soy un símbolo, pero, ¿cómo no voy a existir, si formo parte del hombre?

Debo decir que hubo un tiempo en el que las mentes más privilegiadas creían en mi existencia y emprendían mi búsqueda con el deseo de conocerme. Los que lo lograron, hablaron de mí e incluso me hicieron retratos, el primero fue en blanco y negro, se grabó en el siglo dieciséis para ilustrar un célebre libro de alquimia atribuido a Arnau de Villanova, se llamaba El Rosario de los filósofos. Junto al dibujo se podía leer el lema siguiente: “Soy aquel que fue el león verde y dorado: en mí está encerrado todo el secreto del arte”. Al darse a conocer mi imagen empezó mi fama. Filósofos, médicos, matemáticos, pastores, místicos, poetas, políticos… Durante casi un siglo se habló de mí, y aunque pudiera parecer extraño, todos me alababan y buscaban mi compañía. Pero con el tiempo, los hombres cultos comenzaron a no ponerse de acuerdo sobre mi identidad. Algunos me defendieron, otros me atacaron maliciosamente, y al final me olvidaron, o como mucho utilizaron mi nombre para designar un ideal, una metáfora de algo imposible.

Cuando conocí el éxito, me deje querer. Mi vanidad se sentía recompensada. Pero cuando pasó, rugí desaforadamente y procuré demostrar mi existencia, pero ¿cómo se puede mostrar la evidencia? Lo que está más cerca de la mirada es lo que menos se ve. Mis intentos se contaron por fracasos y mi nombre se utilizó fraudulentamente para designar no sé que tipo de sal química.

Desesperado, intenté hacerme notar a los místicos y más de uno llegó a contemplarme pero me negaron, quizá es que les di miedo, y siguieron buscando a su Dios en el cielo sin considerar el Sol terrestre que brillaba en mis entrañas.

Más tarde, fueron los artistas quienes intuyeron mi presencia, incluso pude manifestarme abiertamente a alguno de ellos, pero, como ya nadie sabía como debía ser tratado ni recordaban mis modos de mostrarme al mundo, no me reconocieron, confundiéndome con un trance creativo.

Lo he dicho al comienzo, no pretendo reivindicar mi fama, ni que nadie conozca mi naturaleza, pero… ¡admitir que no existo y que soy un mero símbolo, me parece excesivo! Soy el león verde, el metal de Hermes Trimegisto, el mercurio filosófico, la sangre de la Piedra filosofal, el viento que sopla en el corazón de los elegidos.

Cuento de Raimon Arola y Luisa Vert incluido en el libro “Pequeñas alegrías” dedicado a los buscadores solitarios.

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Conversación con el diablo. Entretien avec le diable, Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)

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Parece difícil, a la vista del nivel actual de nuestra civilización, representarse al Diablo de forma diferente a un monstruo negro, con ojos de brasa y pies hendidos, que disimula sus cuernos de macho cabrío bajo un sombrero rojo y su cola peluda en los calzones. Sin embargo, determinadas tribus supersticiosas del centro de África que, si se concede crédito a los relatos de los misioneros, lo veneran casi tanto como nosotros, le atribuyen un color blanco. Por lo que respecta a los partidarios de la secta de Sinto, en el Japón, están persuadidos de que este personaje adopta la forma del zorro y, curiosa coincidencia, los insulares de las islas Maldivas le sacrifican gallos y pollos. A decir verdad, todas esas opiniones son igualmente falsas. El Diablo no es sino un pobre hombre, de aspecto insignificante. Se parece a un profesor de la enseñanza libre tanto como a un empleado de obras públicas. Se le desearía incluso un aspeco más digno, al menos acorde con las tendencias políticas de las últimas generaciones.

La primera vez que me encontré con él, fue en París y a toda ley. Él bebía un café solo sobre un mostrador de un bar del muelle de la Tournelle, hacia las once de la noche. Estábamos los dos algo bebidos. Recuerdo, no obstante, que el fonógrafo del establecimiento tocaba en aquel preciso momento «El despertar del negro» al banjo. El Demonio me propuso en un primer momento una partida de ese juego de azar, derivado del zanzíbar, vulgarmente conocido como «ano» porque sólo cuentan los ases. La rechacé, conocedor de la grotesca fama que este juego tiene en numerosos círculos y casinos de la zona costera. Entonces me propuso muy educadamente que le hiciera compañía por el muelle hasta que sonara la primera campanada de medianoche, instante en el que Él retoma su servicio. Dimos algunos pasos en silencio. Luego, como era de prever, Él intentó ejercer sobre mí distintos tipos de seducción, con el objetivo de apropiarse de mi alma inmortal a poca costa.

—¿Quiere hacerse invisible? —insinuó en voz baja con el tono que los parisinos adoptan habitualmente para venderle tarjetas transparentes a los ingleses en el atrio de Notre-Dame—. Pues bien: póngase bajo el brazo el corazón de un murciélago, el de una gallina negra, o mejor aún, el de una rana de quince meses. Pero es más eficaz robar un gato negro, comprar un puchero nuevo, un espejo, un encendedor, una piedra de ágata, carbón y yesca…

Yo no estaba de humor como para permitir que me siguiera recitando el Petit-Albert o Las Clavículas de Salomón, obras pasadas de moda cuya lectura abandoné hace ya mucho tiempo.

—Creo —repliqué— que en nuestra época de progresos sociales y económicos, su ciencia lleva algo de retraso. La señorita Irma (¿no fue ella mi primera amante cuando leía el futuro en los posos del café no lejos de la estación Réamur-Sébastopol del metropolitano?) sabía tanto como usted sobre esta cuestión. Valiéndose de una simple mesa giratoria de caoba chapeada, hasta me procuró una conversación particular con el general Boulanger. En aquellos momentos yo deseaba librarme del servicio militar.
—Mi arte es eterno, hijo mío —prosiguió el Diablo— y sus preceptos son siempre útiles. Pero me doy cuenta de que, aunque escéptico y viciado por el espíritu del siglo, usted posee bastante instrucción. Con mucho gusto lo incluiría en el número de los intelectuales.
Estas palabras, que me adularon, me indujeron a pensar que mi compañero buscaba en esta ocasión atraerme hacia el pecado de soberbia.
—Si tiene interés en que sigamos siendo amigos —le dije finalmente— no intente utilizar astucias conmigo. ¿Quiere mi alma? Muy bien, se la cederé en lo que vale. Pero deje de darme con el codo cada vez que nos cruzamos por el acerado con una de esas impuras criaturas que la miseria ha reducido a formar parte de su clientela. Sólo le pediré a cambio de lo que desea de mí, una cosa: que me distraiga. ¿Sabe una cosa, Diablo? me aburro tanto como un hombre puede hacerlo sobre este planeta. Como suele decirse, estoy hastiado. Los crímenes pasionales de nuestros grandes diarios ya no me interesan; además los asesinos terminan todos por ser atrapados; la manilla, los cientos o el juego de la rana carecen de misterio para mí. Los beneficios de la gimnasia sueca o el resultado del gran premio de ciclismo ya no bastan para satisfacer mis aspiraciones de ideal. Quisiera que usted me ofreciera un espectáculo capaz de procurarme entusiasmo durante sólo diez minutos. Mire, por ejemplo, haga surgir por detrás de la Halle-au-Vin una aurora boreal. Desencadene algún cataclismo inédito, haga sonar solas las campanas de Notre-Dame o elevarse hacia el cielo como una flecha la torre Eiffel. Deje en libertad a las dos jirafas del Jardín de Plantas, luego despierte a los muertos del cementerio del Père-Lachaise y condúzcalos en orden, por rango de edad y distinción, a través de los bulevares hasta la Concordia. Déle por lo menos un volcán a Montmartre y un geiser al estanque del Luxemburgo. Si hace usted eso renuncio para siempre a mi parte de vida eterna en el seno de Abraham. ¡Algo imprevisto, algo imprevisto! ¡Por falta de algo imprevisto perecemos todos desde que comenzó la era cuaternaria!

—Hijo mío —me contestó entonces el Diablo con indulgencia— piense que en París y su extrarradio existen tres millones de habitantes. Si atendiera su deseo de hacer algo maravilloso, vería de inmediato que dos millones y medio de ellos se convertirían a diversas religiones (y supongo, que unas 500.000 personas de espíritu débil, se morirían de susto en el acto). En consecuencia, la pérdida que tendría que registrar a cambio de conseguir sólo su alma, aún teniéndolo todo en consideración, sería una adquisición bastante mediocre. Pero, puesto que me pone entre la espada y la pared, dése la vuelta y mire.

Mientras hablaba, el Diablo desapareció sin expandir, en contra de lo previsto, el menor olor a azufre. Obedecí su recomendación y el espectáculo que se ofreció a mi vista me dejó estupefacto. Había… había dos lunas en el cielo. Dos lunas, dos lunas iguales se erguían juntas en el horizonte. Era, hay que admitirlo, más de lo necesario para una noche de verano, ya de por sí bastante poética. Pensaba en el pretexto suficiente que me procuraría este acontecimiento sin precedentes para faltar a mi despacho a la mañana siguiente, cuando un pequeño detalle me llamó la atención: La primera de las dos lunas marcaba exactamente las doce de la noche. No era sino la esfera luminosa del reloj de la estación de Lyon… He aquí como, una noche de borrachera, vendí mi alma al diablo por un reloj…

Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)

La Escalera.

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Imagina que estás frente a una gran escalera , está junto a ti esa persona que es muy importante en tu vida  y están fuertemente tomados de la mano.

Mientras están en el mismo nivel todo está perfecto,  es disfrutable. Pero de pronto tú subes un escalón y esa persona no ,  tu compañero prefiere mantenerse en el nivel inicial. Está bien ,  no hay problema es fácil, aún así, estar tomados de las manos.

Tú subes un escalón más y esa persona se niega a hacerlo ya las manos han empezado a estirarse y no es tan cómodo como al principio ,  subes un escalón más… y ya el tirón es fuerte… ya no es disfrutable y empiezas a sentir que te frena en tu avance… sin embargo quieres que esa persona suba contigo para no perderla.

Desafortunadamente para esa persona no ha llegado el momento de subir de nivel así que se mantiene en su posición inicial tú subes un escalón más  y  ya ahí si es muy difícil mantenerte unido ,  te duele y mucho.Luchas entre tu deseo de que esa persona suba ,  de no perderla pero tú ya no puedes ni quieres bajar de nivel.

En un nuevo movimiento hacia arriba viene lo inevitable y se sueltan las manos. Puedes quedarte ahí, llorar y gritar tratando de convencerle de que te siga,  que te acompañe ,  puedes incluso ir contra todo tu ser y tú mismo bajar de nivel con tal de no perderla más, después de esa ruptura en el lazo ya nada es igual  así que por más doloroso y dificíl que sea ,  entiendes que no puedes hacer más que seguir avanzando y esperar que algún día vuelvan a estar al mismo nivel.

Eso pasa cuando inicias tu camino de crecimiento interior en ese proceso en ese avance pierdes muchas cosas: pareja, amigos, trabajo, pertenencias… todo lo que ya no coincide con quien te estás convirtiendo ni pueden estar en el nivel al que estás llegando…

Puedes pelearte con la vida entera pero el proceso es así. El crecimiento personal es eso personal  individual no en grupo  puede ser que después de un tiempo esa persona decida emprender su propio camino y te alcance o suba incluso mucho más que tú… pero, es importante que estés consciente de que no se puede forzar nada en esta vida.

Llega un momento en tu escalera “hacia convertirte en una mejor persona”… en que puedes quedarte solo un tiempo y duele claro que duele y mucho luego, conforme vas avanzando te vas encontrando en esos niveles con personas mucho más afines a ti personas que gracias a su propio proceso están en el mismo nivel que tú y que si sigues avanzando… ellos también.

En esos niveles de avance ya no hay dolor ni apego  ni sufrimiento  hay amor  comprensión y  respeto absoluto.

Así es nuestra vida ,  una infinita escalera donde estarás con las personas que estén en tu mismo nivel y si alguien cambia ,  la estructura se acomoda.

Cada pérdida ,  cada cosa que sale ,  es porque así tiene que ser ,  déjales ir… y prepárate para todo lo bueno que viene a tu vida.  Sigue avanzando y confía en los Dioses porque esta escalera sólo lleva a cosas buenas y si no me crees… porque no lo compruebas por ti mismo y te detienes a meditar cómo es tu escalera y hacia dónde te lleva.

 

Y entonces podremos entender por qué nos encontramos con diferentes personas en la vida y por qué otras se van quedando atrás.

Una España, sin sentido.

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Artículo de Ambrose Evans-Pritchard, jefe de información económica internacional de “The Daily Telegraph”.

Excorresponsal en los EE.UU. y en Bruselas. Partidario de la Unión Europea.

“Se equivoca gravemente quien crea que la Unión Europea ayudará a aniquilar a los catalanes”. Los últimos acontecimientos me han dejado en estado de shock, especialmente por la reacción del gobierno de Madrid. Pero de todas maneras creo que las últimas declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, son indignantes. Lo que no entienden ni Madrid ni el ministro es que ellos ya no tienen la sartén por el mango. Decir que “nosotros utilizaremos el derecho de veto acogiéndonos a los tratados de la Unión para bloquear una posible adhesión de Catalunya” es no entender nada. Ellos, simplemente, no pueden hacerlo.Si España impidiera la adhesión, España misma estaría violando los tratados de la Unión; y la propia España podría ser expulsada. No digo que esto vaya a ocurrir. Pero, en cualquier caso, me sorprende el nivel de incompetencia y la voluntad que demuestra Madrid de llevar todo esto a una confrontación absoluta.Ignorar que han salido a la calle un millón y medio de personas, con la capacidad volcánica que ello conlleva, me parece una gran estupidez. En conjunto es muy preocupante, porque veo que se está llevando a extremos amenazadores con declaraciones como las de García-Margallo, pero también con las de algunos militares: extremistas, de acuerdo; pero todo esto no deja de ser significativo. La manera como lo presentan desde Madrid, incluida la carta del rey, que los catalanes persiguen quimeras, que quieren alterar el statu quo, etc., no tiene sentido. Ellos, por otra parte, están creando una especie de 1936. Es muy sorprendente. Yo creía que 30 años de pertenencia a la Unión Europea habrían modificado lo suficiente la mentalidad de la derecha española. Pero los comentarios de los militares, de García-Margallo y otros, hacen que me pregunte si los militares pueden tener de nuevo algún papel en la democracia española. Espero que no. No hay camino de retorno, pero no deja de ser increíble todo lo que está pasando. Si el Ministro de Asuntos Exteriores británico hubiera hecho un comentario sobre Escocia como el que García-Margallo hizo sobre Catalunya, el escándalo hubiera sido magnífico. ¿Se lo imaginan? Además, la reacción de exaltación nacionalista en Escocia hubiera sido incontenible. Pero es que, además, no puedes actuar de esta manera en el siglo XXI. ¿Cómo reaccionará la Unión Europea ? Bien, en Bruselas creo que intentarán evitar por todos los medios tenerse que pronunciar sobre toda esta cuestión. Pero si al final resulta totalmente inevitable, lo harán. Y si el Estado español piensa que Bruselas se pondrá a su lado para evitar que los catalanes ejerzan el derecho de autodeterminación, estará cometiendo otro error de juicio. Además, existe una agenda oculta de la Unión, no en la Comisión pero sí en otras partes de la maquinaria, que intenta promover un fortalecimiento del poder de las regiones en oposición a las naciones estado tradicionales, que en la práctica son un freno hacia la construcción de una estructura más federal, de supraestado de la Unión. Insisto : si en la Moncloa piensan que Europa les ayudará a aniquilar a los catalanes, están muy equivocados. Mucho.

Lobos.

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El jefe de una tribu estaba manteniendo una charla con sus nietos acerca de la vida, cuando les dijo:
– “¡Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí!… ¡es entre dos lobos!”

– “Uno de los lobos es maldad, temor, ira, envidia, dolor, rencor, avaricia, arrogancia, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, orgullo, egolatría, competencia y superioridad.”

– “El otro es bondad, alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, dulzura, generosidad, benevolencia, amistad, empatía, verdad, compasión y fé.”

– “Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes y dentro de todos los seres de la tierra.”

Lo pensaron por un minuto, y uno de los niños le preguntó a su abuelo:

– “¿Y cuál de los lobos crees que ganará?”

El anciano jefe respondió, simplemente…

“El que alimentes.”

Se apago la Luz

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Antaño, hace ya muchos años, se utilizaba en el Japón cierta clase de linternas hechas de papel y bambú, con una vela en su interior.

Un hombre ciego, que había ido a visitar a un amigo por la noche, recibió de éste una de esas linternas para que hiciese el camino de vuelta a casa.

– “¿Para qué quiero yo una linterna?” inquirió el ciego. “Oscuridad y luz son para mí la misma cosa”.

– “Sé que no necesitas una linterna para encontrar el camino”, replicó el amigo, “pero si no la llevas, algún otro podría tropezar contigo, así que es mejor que la cojas”.

El ciego partió con la linterna de la mano, pero apenas se había alejado un corto trecho cuando chocó de frente con alguien.

– “¡Mira por dónde andas!” le gritó al desconocido. “¿Es que no ves la linterna?”.

“Tu linterna se ha apagado, hermano”, respondió el hombre.

¿ Mal amor o mal de amor ?

Se dice, se cuenta, se rumorea  que superar una pena de amor toma entre un año y dos. Si lleva más tiempo es porque la persona se regodea en su dolor, enlentece el proceso natural del olvido y no hace las cosas bien. Si lleva menos, es porque aquel amor no era tal, sino apenas un golpecito al frágil ego. En ese caso, entonces, todo es más fácil, más liviano.

Recetas para mitigar la desesperación de los amores contrariados no hay. Lo bueno es saber que éstos son como las varicelas o las paperas, pueden atacar sólo una vez, a lo sumo dos. Eso sí, cuando uno cae con la enfermedad, no hay quién lo salve. Por eso de ahí salieron todos los boleros, las canciones que dicen “with or without you”, o “love hurts”, los mejores poemas, las mejores pinturas.

Fue cuando rompió con Onetti que Idea Vilariño escribió sus mejores poemas (No llegaré a saber/ por qué ni cómo nunca/ ni si era de verdad/ lo que dijiste que era/ ni quién fuiste/ ni qué fui para ti/ ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar.)

Fue pensando en Georges Sand que Chopin compuso sus mejores nocturnos.

Algunos pocos pueden hacer algo productivo y redituable con ese dolor, pero otros pobres, se comen las uñas, se deprimen, se largan a llorar en el baño, no pueden dormir, adelgazan, engordan, no se bañan, rompen a reír con carcajadas exageradas, salen de noche a correr maratones sexuales, hacen cursos para armar velas, se envician con alguna droga, meditan durante todo el día o planean a desgana un viaje a Marruecos.

Por alguna razón, el mal de amores nunca es tomado en serio, pues se considera que un amor no correspondido es un amor incompleto, de poco valor. Sin embargo, una pena amorosa se siente como la cabezada de un muro, quien lo vivió sabe que es tremenda y una de las peores que se puedan tener.

Y está demostrado que afecta directamente la salud, bajando las defensas y haciendo que el organismo quede susceptible de contraer infecciones, sobre todo estomacales, o enfermedades de la piel. (“El sexo es salud, el amor es gastritis“, dice el dicho) Y entonces, quienes sufren una pena de amor no parecen depresivos y desganados, sino más bien “enloquecidos” y agotados.

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Separarse del hombre o de la mujer que uno adora sólo puede ser vivido como una tragedia griega, como una de las peores telenovelas venezolanas. El escritor del siglo XIX Mariano José de Larra se enamoró de Dolores Armijo, una mujer casada, y cuando rompió por última vez, se pegó un tiro en la cabeza.

Cuando este mal aqueja, no hay forma de zafar de los lugares comunes que antes desdeñábamos. “Si tú no estás aquí/ no sé/ qué diablos hago amándote”, dice la desgarradora canción de Rosana. Nos encontramos escuchando “Moscas en la casa” (Mis días sin ti son tan oscuros/tan largos/ tan duros/ mis días sin ti) con lágrimas en los ojos, leyendo los poemas de Neruda: “De otro. Será de otro. Como antes de mis besos/ Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos./ Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. /Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido/ Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos/ mi alma no se contenta con haberla perdido”. Releyendo e- mails viejos, y porsupuesto ideando infelices estretegias para encontrarnos con El o con Ella.

Por eso, aquí van algunos consejos valiosos, para al menos, intentar distraer el vacío que deja un amor no correspondido:

1. Deshacerse de todas las cartas y eliminar todos los e-mails del amado en cuestión. Eliminarlos todos, nada de dejar uno o dos de recuerdo. Deshacerse de todo lo que recuerde a él, incluyendo las canciones espantosamente alusivas a la persona.

2. No escuchar canciones de amor. Bajo ningún concepto poner “The One”, de Elton John o “Unchained melody”. Por favor, que en la radio no vaya a sonar “Reloj” (“Reloj detén tu camino/ porque mi vida se apaga/ ella es la estrella/ que alumbra mi ser/ yo sin su amor no soy nada”). Por sobre todo, hay que erradicar la niñería de lloriquear por los rincones o de escuchar Air Supply de forma obsesa. Quienes atraviesan una ruptura amorosa pueden fácilmente caer en el vicio de releer mil veces alguna tontería que su amado haya escrito o planear quinientos razonamientos para intentar volver.

Más bien, conseguirse un disco de “Los Supersónicos” con sus canciones que hablan de la telekinesis, o alguno con música de Bach. En realidad, la persona que está pasando por una pena de amor, tiende a ver a su amado en todos lados, y en todas las canciones, aunque sea en esa que dice “En bicho, bicho yo me convertí, un cocodrilo soy”. Por eso, lo más aconsejable es escuchar música nueva, desconocida hasta entonces para el aquejado. Tiene que renovar su discografía y también sus gustos literarios. Si el ex se moría de risa con las aventuras de Paturuzú o se quedaba hasta la cuatro de la mañana con las novelas de Hanif Kureishi, pues bien. Nada de leer a Hanif Kureishi. Mejor agenciarse un libro sobre arte culinario o alguna novela de Rosemary Pilcher.

3. Es importante no ver a la persona. Y también lo es no saber ni enterarse nada sobre ella. Lo peor que se puede hacer es intentar averiguar cosas de su vida: que si se casó, si se quedó sin trabajo, si está por tener un hijo, si engordó, si se volvió loco, si lo internaron, si se fue de viaje, si compró un auto, si tuvo problemas con el alquiler, si fue a visitar a su madre, si se tiño el pelo. Estos datos pueden satisfacer cierta feroz curiosidad, pero terminan enlenteciendo el proceso de olvido.

3. No ponerse a hacer gimnasia de forma exaltada, tampoco empezar a predicar el yoga de la mañana a la noche. Matar de raíz la idea de conseguir la contraseña de su correo electrónico para averiguar con quién está saliendo (entre otras cosas, cada vez es más difícil hackear un hotmail). Este tipo de aventuras investigativas no trae nada bueno al espíritu. Más bien, lo agobia, lo maltrata. Y lo que es peor, uno termina enviciándose con ese tipo de información indebidamente conseguida y termina queriendo más.

4. Sí, en cambio, es recomendable visitar al psicólogo. No uno que nos haga un lavado patético de cerebro, pero sí uno con el que se tenga confianza y no sea un chanta. Lo mejor del psicólogo, si éste es serio, es que escuchará atentamente los detalles de la historia, sentirá un poco de compasión y luego intentará guiarnos para que por nuestro propio pie encontremos alguna solución a esa soledad horrenda que siente quien sufre una pena de amor. Intentará encontrar qué le gusta hacer a su paciente, cuáles son sus talentos y sus fallas e intentará sustituír ese agujero por algo que le haga sentir la misma euforia, o más.

5. Dicen que “un clavo saca a otro clavo”. Y es cierto. Otra persona del sexo opuesto para salir a comer, para conversar y para ir al cine, puede ayudar y mucho, a superar la tristeza de una herida amorosa. Principalmente porque puede ayudar a descargar tensiones. Depués de todo, una pena de amor no es más que una enorme tensión, para la que no sirven ni la natación ni el sexo ni el deporte ni los ejercicios para la espalda.

Pero si, también están quienes aconsejan no reprimir el dolor y dejar que éste fluya. Para esta escuela, está bien escuchar canciones de amor, está bien llorar y sollozar y dejar que las lágrimas silenciosas resbalen sobre el rostro un lunes a las cinco de la tarde en la oficina. Y está bien ir al restaurante al que solían ir juntos. Es más, para ellos es recomendable ir con otra gente, para retener los recuerdos de aquél amor y crear otros.

A los afectados les cuesta muchísimo ir a trabajar, aunque muchas veces, un oficio sea su salvación. Y para peor, no es posible excusarse del trabajo con una pena de amor. No es una excusa válida, aunque muchas veces sea más entorpecedor que una gripe, con su fiebre y estornudos. “Me duele una mujer en todo el cuerpo”, escribió Borges.

El mal de amores, cuando se instala en el cuerpo con su perra determinación, tiene la particularidad de que todo lo tiñe, todo lo perturba. Su efecto es paralizante, recuerda al veneno que le inyectan las arañas a sus víctimas. El mal de amor es atención permanente, es estar pendiente todo el tiempo, sin descanso, de una cara, de un cuerpo. Una cara que nos parece terriblemente única. Porque en el fondo quien está enamorado tiene una lente que puede mirar bien hondo adentro de quien ama. Y no se agota, no tiene pausa. Pues lo que ve le revoluciona la sangre, le altera la respiración. Lo convierte en un inútil que no le encuentra sentido a lavarse los dientes ni a levantarse de la cama.

Y además, claro, un mal de amor atenta contra la autestima del afectado, mina desde adentro su mecanismo afectivo. El enamorado no correspondido se siente un idiota sin remedio, persiguiendo algo que no tiene sentido. Quien sufre un mal de amor sale más débil, aunque también más revitalizado. Más inseguro, pero también más maduro para enfrentar relaciones posteriores.

No existen analgésicos para el dolor del corazón. Algunos usan antidepresivos, pero eso es porque no es tan fácil distinguir la depresión de la tristeza. Una pena de amor no se puede prevenir, no se puede curar. A quien le llegue, lo único que le queda es desmoronarse por un buen rato. O hacer como dice el poema de Idea: “Aquí/ Lejos/ Te borro/ Estás borrado”.