Conversación con el diablo. Entretien avec le diable, Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)

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Parece difícil, a la vista del nivel actual de nuestra civilización, representarse al Diablo de forma diferente a un monstruo negro, con ojos de brasa y pies hendidos, que disimula sus cuernos de macho cabrío bajo un sombrero rojo y su cola peluda en los calzones. Sin embargo, determinadas tribus supersticiosas del centro de África que, si se concede crédito a los relatos de los misioneros, lo veneran casi tanto como nosotros, le atribuyen un color blanco. Por lo que respecta a los partidarios de la secta de Sinto, en el Japón, están persuadidos de que este personaje adopta la forma del zorro y, curiosa coincidencia, los insulares de las islas Maldivas le sacrifican gallos y pollos. A decir verdad, todas esas opiniones son igualmente falsas. El Diablo no es sino un pobre hombre, de aspecto insignificante. Se parece a un profesor de la enseñanza libre tanto como a un empleado de obras públicas. Se le desearía incluso un aspeco más digno, al menos acorde con las tendencias políticas de las últimas generaciones.

La primera vez que me encontré con él, fue en París y a toda ley. Él bebía un café solo sobre un mostrador de un bar del muelle de la Tournelle, hacia las once de la noche. Estábamos los dos algo bebidos. Recuerdo, no obstante, que el fonógrafo del establecimiento tocaba en aquel preciso momento «El despertar del negro» al banjo. El Demonio me propuso en un primer momento una partida de ese juego de azar, derivado del zanzíbar, vulgarmente conocido como «ano» porque sólo cuentan los ases. La rechacé, conocedor de la grotesca fama que este juego tiene en numerosos círculos y casinos de la zona costera. Entonces me propuso muy educadamente que le hiciera compañía por el muelle hasta que sonara la primera campanada de medianoche, instante en el que Él retoma su servicio. Dimos algunos pasos en silencio. Luego, como era de prever, Él intentó ejercer sobre mí distintos tipos de seducción, con el objetivo de apropiarse de mi alma inmortal a poca costa.

—¿Quiere hacerse invisible? —insinuó en voz baja con el tono que los parisinos adoptan habitualmente para venderle tarjetas transparentes a los ingleses en el atrio de Notre-Dame—. Pues bien: póngase bajo el brazo el corazón de un murciélago, el de una gallina negra, o mejor aún, el de una rana de quince meses. Pero es más eficaz robar un gato negro, comprar un puchero nuevo, un espejo, un encendedor, una piedra de ágata, carbón y yesca…

Yo no estaba de humor como para permitir que me siguiera recitando el Petit-Albert o Las Clavículas de Salomón, obras pasadas de moda cuya lectura abandoné hace ya mucho tiempo.

—Creo —repliqué— que en nuestra época de progresos sociales y económicos, su ciencia lleva algo de retraso. La señorita Irma (¿no fue ella mi primera amante cuando leía el futuro en los posos del café no lejos de la estación Réamur-Sébastopol del metropolitano?) sabía tanto como usted sobre esta cuestión. Valiéndose de una simple mesa giratoria de caoba chapeada, hasta me procuró una conversación particular con el general Boulanger. En aquellos momentos yo deseaba librarme del servicio militar.
—Mi arte es eterno, hijo mío —prosiguió el Diablo— y sus preceptos son siempre útiles. Pero me doy cuenta de que, aunque escéptico y viciado por el espíritu del siglo, usted posee bastante instrucción. Con mucho gusto lo incluiría en el número de los intelectuales.
Estas palabras, que me adularon, me indujeron a pensar que mi compañero buscaba en esta ocasión atraerme hacia el pecado de soberbia.
—Si tiene interés en que sigamos siendo amigos —le dije finalmente— no intente utilizar astucias conmigo. ¿Quiere mi alma? Muy bien, se la cederé en lo que vale. Pero deje de darme con el codo cada vez que nos cruzamos por el acerado con una de esas impuras criaturas que la miseria ha reducido a formar parte de su clientela. Sólo le pediré a cambio de lo que desea de mí, una cosa: que me distraiga. ¿Sabe una cosa, Diablo? me aburro tanto como un hombre puede hacerlo sobre este planeta. Como suele decirse, estoy hastiado. Los crímenes pasionales de nuestros grandes diarios ya no me interesan; además los asesinos terminan todos por ser atrapados; la manilla, los cientos o el juego de la rana carecen de misterio para mí. Los beneficios de la gimnasia sueca o el resultado del gran premio de ciclismo ya no bastan para satisfacer mis aspiraciones de ideal. Quisiera que usted me ofreciera un espectáculo capaz de procurarme entusiasmo durante sólo diez minutos. Mire, por ejemplo, haga surgir por detrás de la Halle-au-Vin una aurora boreal. Desencadene algún cataclismo inédito, haga sonar solas las campanas de Notre-Dame o elevarse hacia el cielo como una flecha la torre Eiffel. Deje en libertad a las dos jirafas del Jardín de Plantas, luego despierte a los muertos del cementerio del Père-Lachaise y condúzcalos en orden, por rango de edad y distinción, a través de los bulevares hasta la Concordia. Déle por lo menos un volcán a Montmartre y un geiser al estanque del Luxemburgo. Si hace usted eso renuncio para siempre a mi parte de vida eterna en el seno de Abraham. ¡Algo imprevisto, algo imprevisto! ¡Por falta de algo imprevisto perecemos todos desde que comenzó la era cuaternaria!

—Hijo mío —me contestó entonces el Diablo con indulgencia— piense que en París y su extrarradio existen tres millones de habitantes. Si atendiera su deseo de hacer algo maravilloso, vería de inmediato que dos millones y medio de ellos se convertirían a diversas religiones (y supongo, que unas 500.000 personas de espíritu débil, se morirían de susto en el acto). En consecuencia, la pérdida que tendría que registrar a cambio de conseguir sólo su alma, aún teniéndolo todo en consideración, sería una adquisición bastante mediocre. Pero, puesto que me pone entre la espada y la pared, dése la vuelta y mire.

Mientras hablaba, el Diablo desapareció sin expandir, en contra de lo previsto, el menor olor a azufre. Obedecí su recomendación y el espectáculo que se ofreció a mi vista me dejó estupefacto. Había… había dos lunas en el cielo. Dos lunas, dos lunas iguales se erguían juntas en el horizonte. Era, hay que admitirlo, más de lo necesario para una noche de verano, ya de por sí bastante poética. Pensaba en el pretexto suficiente que me procuraría este acontecimiento sin precedentes para faltar a mi despacho a la mañana siguiente, cuando un pequeño detalle me llamó la atención: La primera de las dos lunas marcaba exactamente las doce de la noche. No era sino la esfera luminosa del reloj de la estación de Lyon… He aquí como, una noche de borrachera, vendí mi alma al diablo por un reloj…

Jean de la Ville de Mirmont (1886-1914)
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La Escalera.

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Imagina que estás frente a una gran escalera , está junto a ti esa persona que es muy importante en tu vida  y están fuertemente tomados de la mano.

Mientras están en el mismo nivel todo está perfecto,  es disfrutable. Pero de pronto tú subes un escalón y esa persona no ,  tu compañero prefiere mantenerse en el nivel inicial. Está bien ,  no hay problema es fácil, aún así, estar tomados de las manos.

Tú subes un escalón más y esa persona se niega a hacerlo ya las manos han empezado a estirarse y no es tan cómodo como al principio ,  subes un escalón más… y ya el tirón es fuerte… ya no es disfrutable y empiezas a sentir que te frena en tu avance… sin embargo quieres que esa persona suba contigo para no perderla.

Desafortunadamente para esa persona no ha llegado el momento de subir de nivel así que se mantiene en su posición inicial tú subes un escalón más  y  ya ahí si es muy difícil mantenerte unido ,  te duele y mucho.Luchas entre tu deseo de que esa persona suba ,  de no perderla pero tú ya no puedes ni quieres bajar de nivel.

En un nuevo movimiento hacia arriba viene lo inevitable y se sueltan las manos. Puedes quedarte ahí, llorar y gritar tratando de convencerle de que te siga,  que te acompañe ,  puedes incluso ir contra todo tu ser y tú mismo bajar de nivel con tal de no perderla más, después de esa ruptura en el lazo ya nada es igual  así que por más doloroso y dificíl que sea ,  entiendes que no puedes hacer más que seguir avanzando y esperar que algún día vuelvan a estar al mismo nivel.

Eso pasa cuando inicias tu camino de crecimiento interior en ese proceso en ese avance pierdes muchas cosas: pareja, amigos, trabajo, pertenencias… todo lo que ya no coincide con quien te estás convirtiendo ni pueden estar en el nivel al que estás llegando…

Puedes pelearte con la vida entera pero el proceso es así. El crecimiento personal es eso personal  individual no en grupo  puede ser que después de un tiempo esa persona decida emprender su propio camino y te alcance o suba incluso mucho más que tú… pero, es importante que estés consciente de que no se puede forzar nada en esta vida.

Llega un momento en tu escalera “hacia convertirte en una mejor persona”… en que puedes quedarte solo un tiempo y duele claro que duele y mucho luego, conforme vas avanzando te vas encontrando en esos niveles con personas mucho más afines a ti personas que gracias a su propio proceso están en el mismo nivel que tú y que si sigues avanzando… ellos también.

En esos niveles de avance ya no hay dolor ni apego  ni sufrimiento  hay amor  comprensión y  respeto absoluto.

Así es nuestra vida ,  una infinita escalera donde estarás con las personas que estén en tu mismo nivel y si alguien cambia ,  la estructura se acomoda.

Cada pérdida ,  cada cosa que sale ,  es porque así tiene que ser ,  déjales ir… y prepárate para todo lo bueno que viene a tu vida.  Sigue avanzando y confía en los Dioses porque esta escalera sólo lleva a cosas buenas y si no me crees… porque no lo compruebas por ti mismo y te detienes a meditar cómo es tu escalera y hacia dónde te lleva.

 

Y entonces podremos entender por qué nos encontramos con diferentes personas en la vida y por qué otras se van quedando atrás.

Una España, sin sentido.

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Artículo de Ambrose Evans-Pritchard, jefe de información económica internacional de “The Daily Telegraph”.

Excorresponsal en los EE.UU. y en Bruselas. Partidario de la Unión Europea.

“Se equivoca gravemente quien crea que la Unión Europea ayudará a aniquilar a los catalanes”. Los últimos acontecimientos me han dejado en estado de shock, especialmente por la reacción del gobierno de Madrid. Pero de todas maneras creo que las últimas declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, son indignantes. Lo que no entienden ni Madrid ni el ministro es que ellos ya no tienen la sartén por el mango. Decir que “nosotros utilizaremos el derecho de veto acogiéndonos a los tratados de la Unión para bloquear una posible adhesión de Catalunya” es no entender nada. Ellos, simplemente, no pueden hacerlo.Si España impidiera la adhesión, España misma estaría violando los tratados de la Unión; y la propia España podría ser expulsada. No digo que esto vaya a ocurrir. Pero, en cualquier caso, me sorprende el nivel de incompetencia y la voluntad que demuestra Madrid de llevar todo esto a una confrontación absoluta.Ignorar que han salido a la calle un millón y medio de personas, con la capacidad volcánica que ello conlleva, me parece una gran estupidez. En conjunto es muy preocupante, porque veo que se está llevando a extremos amenazadores con declaraciones como las de García-Margallo, pero también con las de algunos militares: extremistas, de acuerdo; pero todo esto no deja de ser significativo. La manera como lo presentan desde Madrid, incluida la carta del rey, que los catalanes persiguen quimeras, que quieren alterar el statu quo, etc., no tiene sentido. Ellos, por otra parte, están creando una especie de 1936. Es muy sorprendente. Yo creía que 30 años de pertenencia a la Unión Europea habrían modificado lo suficiente la mentalidad de la derecha española. Pero los comentarios de los militares, de García-Margallo y otros, hacen que me pregunte si los militares pueden tener de nuevo algún papel en la democracia española. Espero que no. No hay camino de retorno, pero no deja de ser increíble todo lo que está pasando. Si el Ministro de Asuntos Exteriores británico hubiera hecho un comentario sobre Escocia como el que García-Margallo hizo sobre Catalunya, el escándalo hubiera sido magnífico. ¿Se lo imaginan? Además, la reacción de exaltación nacionalista en Escocia hubiera sido incontenible. Pero es que, además, no puedes actuar de esta manera en el siglo XXI. ¿Cómo reaccionará la Unión Europea ? Bien, en Bruselas creo que intentarán evitar por todos los medios tenerse que pronunciar sobre toda esta cuestión. Pero si al final resulta totalmente inevitable, lo harán. Y si el Estado español piensa que Bruselas se pondrá a su lado para evitar que los catalanes ejerzan el derecho de autodeterminación, estará cometiendo otro error de juicio. Además, existe una agenda oculta de la Unión, no en la Comisión pero sí en otras partes de la maquinaria, que intenta promover un fortalecimiento del poder de las regiones en oposición a las naciones estado tradicionales, que en la práctica son un freno hacia la construcción de una estructura más federal, de supraestado de la Unión. Insisto : si en la Moncloa piensan que Europa les ayudará a aniquilar a los catalanes, están muy equivocados. Mucho.