¿Has sentido miedo ?

181115

 

Primero voy a describirles donde vivía para que tengan una idea de donde sucedió todo. Vivía en unas casa pequeña pero agradable, de tres cuartos, una sala comedor y una terraza en la parte posterior donde estacionábamos el carro, esta a su vez colindaba con el cuarto de mi madre, tenía un patio de unos doscientos metros cuadrados, con árboles frutales, lo normal.

En aquel entonces no teníamos cerca de ciclón.Teníamos una cerca de arbustos sembrada de papos (Cayenas) de más o menos tres metros de altura, que nos permitía un poco de privacidad con los vecinos.

Una noche, después de darme un baño, fui al cuarto de mi madre a lidiar con una espinilla que tenía una cuenta pendiente. El baño tenía un espejo grande y había buena luz, el espejo estaba ubicado en la pared contra la ventana, por lo que el reflejo daba hacia el patio, que por cierto estaba muy oscuro.

En las casas de campo,  la mayoría de las ventanas tienen cedazo para que no entren los insectos, pero tienen un problema, durante el día se puede ver claramente hacia afuera, pero de noche no vez mas allá de él, y como muchos sabrán, se ve mejor desde afuera.

El caso fue que mientras me secaba la cara, mire el espejo y como si estuviera en peligro mire el espejo buscando que provocaba esa sensación, pero lo único que podía ver por él, era el reflejo de un cedazo gris. Pero, solo lo pude hacer por unos segundos y no sé qué sucedió, pero tuve que bajar la mirada o algo me obligó a hacerlo y créanme no tuve valor para mirar otra vez “Tenía miedo de mirar”. Por primera vez, sentí un miedo terrible, me sentí vulnerable, una sensación de acechó, el miedo fue tan grande que me paralicé por completo, no podía hablar, recuerdo que balbuceaba palabras pero no vocalizaba nada que se entendiera y con un volumen de voz que tal vez nadie me escucharía, sentía como el cabello de mi nuca se erizaba y que la piel se me ponía de gallina, pero no podía ver nada, sentí como si el tiempo se detuviera. Fue una eternidad.

No sé cuantos minutos pasaron, pero poco a poco pude moverme, gane  fuerzas o lo que estaba influenciando ese miedo se alejaba, pero pude sentir que me movía y mire nuevamente el espejo, lo que vi fue mi rostro pálido y con las ojeras marcadas como si no hubiera dormido en días. Lo siguiente que hice fue intentar salir de ese cuarto. La puerta no estaba a más de un metro pero me parecieron diez. Una vez estuve fuera de aquel cuarto me dirigí por el pasillo al último cuarto donde mi madre veía televisión. Intenté no ver por la ventana ya que esta también da hacia el patio.Me pare frente a ella. Me miró y me preguntó ¿Hijo, que te pasa? porque estas tan pálido, no sabía si llorar o gritar por lo que me había sucedido, estaba destruido, lo que recuerdo fue que le dije, “Tengo miedo, mucho miedo”, vi la preocupación en sus ojos y asustada me dijo: me estas asustando, que te pasó, ¿Miedo a que?

Ella me abrazó y dijo: estas temblando, estas frío…
No le pude contestar nada más, pasaron tal vez quince o veinte minutos, hasta que le pude contar lo que me había sucedido. No podía creerlo.

Y así como el miedo llegó, se fue… así de simple. Esa misma noche poniéndome a prueba, me dirigí a la puerta trasera, la abrí y salí al patio de mi casa en medio de la noche.

Me preguntaba a mi mismo “¿Que fue éso?”.

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¿Dónde estoy yo?

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Érase una vez un hombre sumamente estúpido, un loco, o quizás un sabio, que, cuando se levantaba por las mañanas, tardaba tanto tiempo en encontrar su ropa que, por las noches, casi no se atrevía a acostarse, sólo de pensar en lo que le aguardaba cuando despertara.

Una noche tomó papel y lápiz y, a medida que se desnudaba, iba anotando el nombre de cada prenda y el lugar exacto en que la dejaba.

A la mañana siguiente sacó el papel y leyó: “Calzoncillos…” y allí estaban. Se los puso. “Camisa…” allí estaba. Se la puso también. “Sombrero…” allí estaba. Y se lo encasquetó en la cabeza.

Estaba verdaderamente encantado, hasta que le asaltó un horrible pensamiento:

– “¿Y yo?¿Dónde estoy yo?”

Había olvidado anotarlo.

De modo que se puso a buscar y a buscar, pero en vano.

No pudo encontrarse a sí mismo.

Un hombre, su caballo y su perro.

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Un hombre, su caballo y su perro iban por una carretera.
Cuando pasaban cerca de un árbol enorme cayó un rayo y los tres murieron fulminados.
Pero el hombre no se dio cuenta de que ya había abandonado este mundo, y prosiguió su camino con sus dos animales (a veces los muertos tardan un cierto tiempo antes de ser conscientes de su nueva condición)
La carretera era muy larga y colina arriba. El sol era muy intenso y ellos estaban sudados y sedientos.
En una curva del camino vieron un magnifico portal de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con adoquines de oro.
El caminante se dirigió al hombre que custodiaba la entrada y entabló con él, el siguiente diálogo:
– Buenos días.
– Buenos días. Respondió el guardián.
– ¿Cómo se llama este lugar tan bonito?
– Esto es el Cielo.
– ¡Qué bien que hayamos llegado al Cielo, porque estamos sedientos!
– Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera. Y el guardián señaló la fuente.
– Pero mi caballo y mi perro también tienen sed…
– Lo siento mucho, Dijo el guardián pero aquí no se permite la entrada a los animales.
El hombre se levantó con gran disgusto, puesto que tenía muchísima sed, pero no pensaba beber solo. Dio las gracias al guardián y siguió adelante.
Después de caminar un buen rato cuesta arriba, ya exhaustos los tres, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una puerta vieja que daba a un camino de tierra rodeado de árboles. A la sombra de uno de los árboles había un hombre echado, con la cabeza cubierta por un sombrero.
Posiblemente dormía.
– Buenos días, dijo el caminante.
El hombre respondió con un gesto de la cabeza.
– Tenemos mucha sed, mi caballo, mi perro y yo.
Hay una fuente entre aquellas rocas, dijo el hombre, indicando el lugar.
Podéis beber toda el agua como queráis.
El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y calmaron su sed.
El caminante volvió atrás para dar las gracias al hombre.
Podéis volver siempre que queráis, Le respondió éste.
A propósito ¿Cómo se llama este lugar?, preguntó el hombre.
CIELO LE RESPONDIO.
¿El Cielo? ¡Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que aquello era el Cielo!
Aquello no era el Cielo. Era el Infierno, contestó el guardián.
El caminante quedó perplejo.
¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta información falsa trae grandes confusiones! advirtió el hombre.
¡De ninguna manera!, increpó el hombre, En realidad, nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.

Paulo Coelho.

“Los que saben no hablan; los que hablan no saben”.

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Los discípulos estaban enzarzados en una discusión sobre la sentencia de Lao-Tse:

“Los que saben no hablan;

los que hablan no saben

Cuando el Maestro entró donde ellos estaban, le preguntaron cuál era el significado exacto de aquellas palabras.

El maestro les dijo:

– “¿Quién de vosotros conoce la fragancia de una rosa?”

Todos la conocían.

Entonces les dijo:

– “Expresadlo con palabras”.

Y todos guardaron silencio.