FELIZ AÑO NUEVO.

1. Te amo no por quien eres, sino por quien soy cuando estoy contigo.
2. Ningún hombre merece tus lagrimas, y quien se las merezca no te hará llorar.
3. Solo porque alguien no te ame como tu quieres, no significa que no te ame con todo su ser.
4. Un verdadero amigo es quien te toma de la mano y te toca el corazón.
5. La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.
6. Nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estés triste, porque nunca sabes quien se puede enamorar de tu sonrisa.
7. Puedes ser una persona para el mundo, pero para una persona tu eres el mundo.
8. No pases el tiempo con un hombre/una mujer que no este dispuesto a pasar el tiempo contigo.
9. Quizá Dios quiera que conozcas mucha gente equivocada antes de que conozcas a la persona adecuada, para que cuando al fin la conozcas sepas estar agradecido.
10. No llores porque ya se termino, sonríe porque sucedió.
11. Siempre habrá gente que te lastime, así que lo que tienes que hacer es seguir confiando y solo ser mas cuidadoso en quien confías dos veces.
12. Conviértete en una mejor persona y asegúrate de saber quien eres antes de conocer a alguien mas y esperar que esa persona sepa quien eres.
13. No te esfuerces tanto, las mejores cosas suceden cuando menos te las esperas

OS DESEO UN FELIZ AÑO NUEVO.

Y con un cuento…. Feliz Navidad.

G. K. Chesterton
La tienda de los fantasmas

Casi todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por  medio penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis. Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este principio general  resultará enseguida evidente. En la calle detrás de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras cosas menos importantes.

Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó, utilizando la expresión  que una vez escuche a un niño. Los juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La primera es del alma  y la segunda del cuerpo. Les ruego que me disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo actual.

Mientras miraba aquel palacio de maravillas liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noe rojas, debí caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no por su tamaño a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater. El elefante  ya no era azul  por la pintura sino por la distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza  negra recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El arca de Noe roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo, flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer de la esperanza.

Creo que todos tenemos estos extraordinarios instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y,  por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de cordura me arrastro a la conciencia de que en realidad solamente estaba mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había hecho algo raro. Me sentía como si hubiese como si hubiese obrado un milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese atravesado una frontera del alma.

Para librarme de esta sensación onírica tan peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era  como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia amable. Me dio los soldaditos de madera  pero, cuando coloqué el dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento. Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.

-No, no –dijo confuso – Nunca lo he hecho así. Nunca. Aquí somos muy anticuados.

-No aceptar dinero me parece  algo a la  más rabiosa última moda más que anticuado.

-Nunca lo he hecho así – contestó el anciano sonándose los mocos – Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para cambiar.

-¡Por el amor de Dios! – dije – ¿Qué quiere decir? Está hablando como si fuese Papá Nöel.

-Soy Papá Nöel- dijo disculpándose y volvió a sonarse los mocos.

En el exterior, las farolas no podían estar encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle. Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.

-Pareces enfermo, Papá Nöel – Algo me impulso a decir eso.

-Estoy agonizando.

Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.

-Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo. Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos, todos los innovadores. Dice que le doy a la gente supersticiones y les vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo muerto.

-Tú sabrás si estás  muerto – repliqué – pero a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.

Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna manera, esperé  ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por completo estupefacto.

-¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! – gritó – Vine a preguntar dónde estaba tu tumba.

-Aún no he fallecido, Sr. Dickens – contestó el anciano  con su débil sonrisa – Pero me estoy muriendo – añadió como tranquilizándole

-Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis tiempos – dijo el Sr. Charles Dickens alegremente – Y no pareces ni un día más viejo.

-Llevó así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel.

El  Sr. Charles Dickens le dio la espalda y sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.

-Dick – bramó a todo pulmón – sigue vivo.

Otra sombra oscureció el umbral,  entró un caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar correspondiente a  la moda de la época de la reina Ana. Andaba erguido como un soldado y  en su cara había una expresión arrogante que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado pequeña para ella.

– En verdad – dijo Sir Richard Steele – Es cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.

Mis sentidos se embotaban y el cuarto se oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.

-Se ha dado siempre por entendido – dijo un hombre gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico ( Me parece que era Ben Johnson)- Se ha dando siempre por entendido, cónsul Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su desaparición. Este anciano canoso no esta ahora más robusto que cuando yo le eche el ojo.

Y creó que también escuché a un hombre vestido con malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés normando “ Pero sí lo vi agonizante.”.

– Llevo así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel otra vez a su débil manera.

El Sr. Charles Dickens de repente se le acercó y se inclinó delante de él.

-¿Desde cuando? –preguntó – ¿Desde qué naciste?

-Sí- contestó el anciano y se dejó caer en su silla temblando – Siempre he agonizado.

El  Sr.Charles Dickens se quitó el sombrero haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la multitud a amotinarse.

-Ahora lo entiendo – gritó – Nunca morirás.

Postal de Navidad

Carta de Jesús
(Por si alguien no me conoce, el de Nazaret)

Querido amigo:

Como sabrás, nos acercamos nuevamente a la fecha de mi cumpleaños, todos los años se hace una gran fiesta en mi honor y creo que este año sucederá lo mismo. En estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en la radio, en la televisión y por todas partes no se habla de otra cosa, sino de lo poco que falta para que llegue el día. (La verdad, es agradable saber, que al menos, un día al año, algunas personas piensan un poco en mí).

Como tú sabes, hace muchos años que comenzaron a festejar mi cumpleaños. Al principio no parecían comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero hoy en día nadie sabe para qué lo celebran. La gente se reúne y se divierte pero no saben de qué se trata.

Recuerdo, el año pasado, al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta en mi honor; pero sabes una cosa… ni siquiera me invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme, la fiesta era para mí y cuando llegó el gran día me dejaron fuera, me cerraron la puerta, bueno, no la abrieron. Y, ¡yo quería compartir la mesa con ellos!
La verdad no me sorprendió, porque en los últimos años muchos me cierran las puertas. Como no me invitaron, se me ocurrió entrar sin hacer ruido. Entré y me quedé en un rincón. Estaban todos bebiendo, había algunos que lo habían hecho demasiado, contando chistes, carcajeándose… Lo estaban pasando en grande…

Para colmo, llegó un viejo gordo, vestido de rojo, de barba blanca y gritando: “Jo, jo, jo, jo…”. Parecía que había bebido el que más de todos, se dejó caer pesadamente en un sillón, y todos los niños corrieron hacia él, diciendo: “Santa Claus”…

¿Santa Claus? ¡Como si la fiesta fuera en su honor! Llegaron las doce de la noche y todos comenzaron a abrazarse, yo extendí mis brazos esperando que alguien me abrazara, y… ¿sabes? nadie me abrazó. Comprendí entonces que yo sobraba en esa fiesta, salí sin hacer ruido, cerré la puerta y me retiré… Al salir, ví desde el exterior como todos se hacían infinidad de regalos… ¿Cómo te sentirías tú si el día de tu cumpleaños se hicieran todos regalos y a ti no te regalaran nada?

Una vez, alguien me dijo: ¿Cómo te voy a regalar algo si a ti nunca te veo. Ya te imaginarás lo que le dije, lo tenéis en Mt. 25, 34-40. Lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos…conmigo lo hicísteis.

Tal vez creas que yo nunca lloro, pero esa noche lloré, me sentía destruído, como un ser abandonado, triste y olvidado. Me llegó tan hondo, cuando al pasar por tu casa, tú y tu familia me invitasteis a pasar…, me tratásteis como a un rey, hicísteis una gran fiesta en la cual yo era el invitado de honor, hacía tiempo que a nadie se le ocurría hacer eso…

Que mi Padre bendiga a todas las familias como la tuya, yo jamás dejo de estar en ellas en ese día ni en todos los días. También me conmovió el pesebre que pusísteis en un rincón de la casa. ¿Sabías que hay países en los que se está prohibiendo poner nacimientos?, hasta lo consideran ilegal

¡A dónde irá a parar este mundo!

Recuerdo lo que le sucedió a un anciano llamado Juan un día de Navidad, pidiendo posada porque tenía hambre y no tenía familia, tocó en todas la puertas y en ninguna le invitaron a la mesa, se dio por vencido al ver que ni siquiera esa noche iba a sentir el calor de un hogar. Se sentó en un banco de la plaza y lloró como un niño, yo pasé junto a él. A ninguno de los dos nos habían dejado entrar…. Hace muchos años les ocurrió a mis padres lo mismo la noche de mi venida al mundo…

Voy a contarte un secreto… He pensado que como pocos se acuerdan de mi en sus fiestas, voy a organizar mi propia fiesta, algo maravilloso, como la que jamás se ha imaginado nadie. Grandes invitados, mis amigos, mi familia, Abraham, Moises, David el Rey, el anciano Juan, los pastores, los pobres, los abandonados…
Todavía estoy haciendo los últimos arreglos por lo que quizá no sea este año. Estoy enviando muchas invitaciones y hoy, querido amigo, hay una invitación para ti. Sólo quieroo que me digas si quieres asistir y te reservaré un lugar, escribiré tu nombre con letras de oro en el gran libro de invitados. A esta fiesta sólo habrá invitados con previa reserva, quedando fuera los que no respondan a mi invitación.

Arréglate, ponte el traje de fiesta, porque cuando todo esté listo llegará mi Gran Fiesta…

Hasta pronto, tu amigo

Jesús El de Nazaret